lunes, 30 de diciembre de 2013

Su pequeña francesita

Fernando siempre había dicho que la menor de sus tres hijas, Sara, era "como una francesita; pequeña, con buenos modales y loca por la sopa de cebolla y el queso". Lo que jamás se hubiese imaginado él es que, un 30 de diciembre, iba a citarle en una cafetería a la que solían ir, para decirle que se marchaba.

- Papá, no puedo seguir aquí, Madrid se ahoga y yo me asfixio. Hace un año que terminé la carrera y no tengo trabajo, no puedo seguir aquí, quiero ir a estudiar moda en París.


Fernando frunció el ceño. ¿Por qué ahora? ¿Por qué la víspera de Nochevieja le decía que en 2014 cambiaba de vida? ¿Por qué París? Pensó que Sara era demasiado mayor para seguir teniendo tantos pájaros en la cabeza, pero no se lo dijo.

Ella no se explicó más, sólo le pidió comprensión. Tenía que empezar una vida nueva, quería hacerlo, tenía que hacerlo. 

Lo que Fernando no supo jamás es que realmente Sara dejaba Madrid por amor. Manuel se había ido allí hacía seis meses y hablaba maravillas de la ciudad. Y Sara también quería, ella le quería. 

¿Por qué no iba a ser 2014 su año? ¿Por qué debería pensar en lo que pudo haber sido y no fue por culpa del miedo? 

Ella no era así. París era el destino.

@Saralacalle

viernes, 6 de diciembre de 2013

Renovación de contrato

Como cada 6 de diciembre, Sara se despertó ilusionada, era festivo y tocaba renovar su contrato, no el laboral, el sentimental. Cada año, siempre en esta fecha, Javier y ella volvían al aeropuerto donde se conocieron y revivían aquella escena de hace ya más de doce años.

Ella, con una maleta demasiado pesada para un cuerpo tan pequeño. Él, con una mochila, esperaba detrás para pedir un café. 

Sara, que nunca había sido demasiado hábil, cargaba con el bolso, la bandeja y la maleta y acabó derramando todo el café en la espalda de él, justo cuando iba a dejar la barra para sentarse en una mesa tranquilamente mientras esperaba su avión.

Él, lejos de enfadarse, sonrió y se prestó a ayudar. Un gesto que acabó con dos cafés más en la mesa y una larga conversación.

Ella, ni corta ni perezosa, le preguntó si cuando volviese de su viaje le invitaría a cenar. Él preguntó porqué debería hacerlo. Ella cogió una servilleta de papel, sacó un boli y empezó a enumerar distintas razones: porque no pararás de sonreir en toda la noche, porque puedo seguir una conversación de casi cualquier tema, porque te llevaré al mejor mirador de Madrid... Y así hasta llegar a diez. Diez razones por las que él debería dejarse engatusar por esa loca patosa que acababa de conocer. 

Aceptó. No tenía nada que perder.


Y ahora, doce años, una hipoteca y un hijo después, siempre vuelven allí y renuevan sus razones.

Sara siempre pone la primera de la lista la de hacerle sonreir todos los días. Cosa que él afirma que hasta hoy ha cumplido. 

Cosa que si no pasa hará que todo se acabe.

@Saralacalle


Ay, Sara... ¿Y ahora qué?

Sara se metió en la cama y empezó a dar vueltas de un lado para otro, no debía haberse tomado el último café de la tarde. Hoy se había pasado con la cafeína y ahora le tocaba pagarlo.

Se puso a pensar en todo y en nada, en cómo habían cambiado las cosas, en lo rápido que iba todo, en lo mucho que asustaba...

¿En qué momento se mezclaron sus tangas de encaje con los calzoncillos de cuadros? ¿Por qué entre sus vestidos de fiesta había camisas de traje? ¿Cómo habían llegado unas zapatillas de deporte hasta la ventana de su baño? Es más, ¿por qué cada vez tenía menos espacio en el armario? 

Ay, Sara, ¿cómo has llegado hasta aquí? Tú que no querías cortinas y ahora tienes hasta visillos, a ti que no te gusta el pescado y tienes un bacalao en agua en la cocina para prepararlo mañana, tú que no hacías deporte y te has comprado una equipación a juego con la suya para salir a correr los domingos...

Ay, Sara, ¿y ahora qué? 

@Saralacalle 

domingo, 6 de octubre de 2013

Perder las bragas

Vestido ceñido azul eléctrico, medias de liga, peep toes a juego.

Se miró en el espejo y supo que nada podía salir mal. Era su primera cita después de una semana intentando cuadrar la agenda y, por fin, había llegado el día. Estaba nerviosa.

Fue al baño y se maquilló; solo rimmel y un poco de colorete, no quería pasarse.

Ya estaba lista.  Repasó su bolso, lo tenía todo, preservativo incluido, por si la noche se daba bien. Pero justo cuando iba a salir, se miró en el espejo y vio la arruga que le hacia el vestido a la altura del tanga. Esos kilos de más del verano, le estaban dando más de un quebradero de cabeza y ahora se le notaban las chichas.

Empezó a comerse la cabeza. Miró el reloj y decidió que no iba a ponerse a pensar en otro modelito. Volvió a la habitación y decidió cambiarse la ropa interior. Abrió el cajón y las vio. Ahí estaban las "yayabragas". Esas bragas altas con una faja opresora que le hacían una cintura de avispa que no había tenido ni a los quince. No se lo pensó dos veces, se subió el vestido, se las pusó encima, se bajó el vestido y desfiló ante el espejo. Ahora sí, ya estaba lista.

   

Salió corriendo de casa y cogió un taxi. Llegó diez minutos tarde, lo justo para que él estuviese esperándola en un bar de copas de moda.

Nada más verla no paró de piropearla, incluso le cogió la mano y le hizo una reverencia. Estaba claro que era todo un gentleman.

Entraron en el sitio y, tres copas después, ella ya había decidido que no iba a dormir sola. El chico prometía y a ella le apetecía. Nada podía salir mal.

- Mierda, dijo en voz alta.

- ¿Estás bien? ¿Pasa algo?

- Sí, sí, vuelvo en seguida.

Corrió al baño y cuando llegó tenía una fila delante de más de seis féminas.

Cuando por fin fue su turno, se encerró corriendo y se maldijo por ser tan estúpida de no haberse planteado antes el tema de sus bragas. Se las quitó corriendo e intentó meterlas en el bolso. No iba a dejar que él las viese ni muerta.

Intentó cerrar el bolso y fue incapaz. Es lo que tienen los bolsos de noche, solo cabe el móvil, las llaves y, como mucho, un pintalabios.

No se lo pensó dos veces. Las dejó tiradas en el suelo y salió de allí corriendo, sintiéndose como Bridget Jones. Riéndose por dentro. Prometiéndose que jamás contaría esta historia a sus amigas.


Volvió a la barra, él bebía otra copa. Se acercó, le besó y le dijo al oído una serie de cosas que solo de recordarlo le hacen sonrojar.

@Saralacalle



Laboratorio de radio


- No quería decirte nada pero no puedo aguantar. Estoy en el aeropuerto. Llego esta tarde a Madrid.

Sí, era la guinda del pastel para un día maravilloso. Él, su mejor amigo, volvía a casa.

Javi siempre fue especial, lo tenía todo, novia incluída. Sara siempre fue su mano derecha, aunque ella hubiese preferido ser mucho más. Aún así, con el paso de los años, habían cimentado una amistad inquebrantable.

Cuando se vieron, ella corrió a abrazarle y él hundió la cabeza en su pelo.

- Olerte es volver a casa, a la universidad, me recuerda tanto a esa época ... ¿Cuántos años llevas echándote esa colonia?

- Seis, desde primero de carrera.

- Hablando de universidad, en el avión venía pensando que tú y yo tenemos un tema pendiente allí...

- Javi, no me puedo creer que sigas pensando en eso.

- Me dijiste que tenías que hacerlo antes de los venticinco y queda menos de un mes...

Ella empezó a reirse y aceptó. Él tenía razón, era ahora o nunca.

Se montaron en el coche y emprendieron rumbo a la Facultad de Ciencias de la Información.

- Pero Sara... ¿Sigues teniendo la llave?

- Pues claro, idiota, la llevo con las llaves de casa siempre, sabía que algún día llegaría el momento.

Aparcaron y se bajaron corriendo del coche, era el primer viernes de octubre y ya eran más de las 20.00h de la tarde, la facultad estaba casi vacía. Sara estaba emocionada, hacía dos años que se había graduado y no había vuelto por allí. Y encima él la llevaba de un pasillo a otro tirando de su mano, recordándole viejas anécdotas.

Cuando llegaron se pusieron delante de la puerta y dijeron al unísono "laboratorio de radio". Él de agachó y la besó. "Es el momento, es ahora, Sara".

Ella sacó las llaves y rezó en voz baja para que nadie hubiese cambiado la cerradura.

     

Costó un poco pero la puerta se abrió. Se encerraron y se dejaron llevar.

Cuarenta minutos más tarde, salieron de allí sigilosos, sin ser conscientes del ruido que habían hecho minutos antes, sonrieron, cerraron la puerta y ella volvió a guardarase las llaves y él dijo:"no he dejado de pensar en la nota que me escribiste cuando robaste la llave, sabía que tarde o temprano encontraríamos nuestro momento".

@Saralacalle

domingo, 15 de septiembre de 2013

Manos arriba

Entró corriendo en su habitación, dio la luz y empezó a buscar en el armario un vestido acorde a la cita de esta noche. Había quedado con su exnovio y, aunque le hubiese gustado, no le había dado tiempo a prepararse con más antelación, de hecho, tenía que estar en menos de media hora en un restaurante pijo del centro de Madrid.

Estaba a punto de ponerse a gritar como una histérica, cuando vio el vestido que quería. Uno negro, muy ceñido, y con toda la espalda al aire. Lo sacó sin dudar. Corrió a la mesilla de noche y sacó un conjunto de tanga y sujetador de encaje granate y unas medias color carne. El verano ya había acabado y por la noche refrescaba bastante.

Sara estaba muy nerviosa y le daba miedo romper las medias mientras se las ponía. En eso estaba pensando cuando se fijó en la mancha de encima del cabecero de su cama. Hacía más de dos años que estaba ahí y siempre le hacía sonreír.
 
Se veían perfectamente, eran dos manos, las suyas, plasmadas en la pared. No pudo evitar la carcajada. Un día, sin saber muy bien porqué, le dijo a su ex que se tumbase en la cama, que iba a darle un masaje. Él, sorprendido por esa iniciativa, se dejó hacer. Vio como ella se recogía el pelo y se bañaba las manos en aceite corporal. Se puso a horcajadas sobre sus nalgas y empezó a darle el masaje. Bueno, en realidad le acariciaba nada más, estaba claro que no tenía ni idea.  Él no aguantó en esa posición, quería verla, se dio la vuelta y ahí acabó el masaje. Ella, sin ser consciente de que aún tenía las manos manchadas, quiso hacer fuerza con las manos en la pared...


A día de hoy, siempre que las ve, sonríe. Jamás un masaje había dejado tanta huella.

@Saralacalle


jueves, 29 de agosto de 2013

Por pelotas

Terminaba agosto y a Sara todavía le quedaban unos días de vacaciones. Engatusó a sus mejores amigas y emprendieron rumbo al norte.

Llegaron, se pusieron el bikini y corrieron a la playa, este verano no habían coincidido en vacaciones y estaban deseando desmadrarse.

La primera tarde aprovecharon para tostarse al sol y tomarse un mojito en la playa. Volvieron a casa, se ducharon y salieron dispuestas a ver el sol. Sin nada que perder, con todo por ganar. Y así fue.

A la mañana siguiente, hablaban en susurros y se maldecían por haber bebido tanto, además, el tiempo había cambiado y las nubes copaban la costa. No iba a ser un buen día. Aún así, volvieron a vestirse de playa y fueron a pasear.
Media hora más tarde, cuando la nube cada vez era más negra y la tormenta ya era casi un hecho, se sentaron en la arena y disfrutaron de una playa semidesierta. Nada como eso para la resaca.

Cuando quiso darse cuenta, sus amigas estaban dormidas en la toalla, la noche anterior les estaba pasando factura y Sara no pudo evitar sonreir. Esas eran sus chicas. Las mismas de siempre. Esas que con solo mirarse se entendían.

Mientras estaba ensimismada con esos pensamientos, un balón llegó hasta sus pies y tras él un bebé de no más de año y medio. Tenía unos mofletes colorados y un pañal lleno de arena. Sara se levantó y le acercó la pelota. Se agachó hasta él y le atusó el pelo. Y, cuando miró para arriba, ahí estaba Alex.


- ¿Alex? No sabía que, que...
- Sí, se llama Iker. ¿Qué haces tú aquí?
- Los padres de mi amiga tienen una casa aquí y hemos...

Notó como él se dio la vuelta. Se acercaba su mujer.

- Oye Sara, me ha encantado verte pero... Ya sabes, las cosas han cambiado. Ahora tengo una familia.

- Tienes un hijo precioso. Cuídate mucho.

Sara se tumbó en la toalla y contuvo el llanto. ¿Por qué él? ¿Por qué allí? ¿Por qué tenía un hijo y ella no sabía nada?

El viaje transcurrió tal y como habían planeado. Playa de día, fiesta de noche. El reencuentro con Alex solo había sido un mal sueño, nada que entorpeciese su escapada.

Pero ayer, al volver a casa, había una nota en su buzón, al ver la letra ella no tuvo dudas, Alex había estado allí.

"No tengo tu número. El jueves a las 00.00h estoy aquí. Ron con hielo. Como siempre".

Y ahora Sara está como loca, buscando un conjunto de lencería acorde a un reencuentro después de tres años.

@Saralacalle

Moraleja: El que se va sin ser echado, vuelve sin ser llamado.

martes, 20 de agosto de 2013

La estampida del primer "Te quiero"

A Sara nunca le había gustado expresar sus sentimientos abiertamente, a ella le gustaba decir que las cosas no bastaba con decirlas, había que demostrarlas. Pero el otro día, en mitad de un ataque hormonal, escribió a su chico y le dijo que le quería. Parecía una tontería sí, pero durante el año que llevaban juntos, jamás se lo había dicho.

Ese día, sin saber muy bien porqué, sintió la necesidad de decírselo. Él hizo como si nada, lo leyó y no contestó, se quedó callado durante todo el día.

Sara, lejos de sentirse mal, se sintió orgullosa. ¿Por qué debería callarse lo que sentía? ¿Por qué los hombres se asustan cuando una mujer les dice que les quiere? ¿Por qué tanto prejuicio a la hora de mostrar los sentimientos?


Sara se prometió mantenerse firme. No escribió. No llamó.

Él volvió. Suave. Proponiendo ir al cine. Aceptó.

En mitad de la película, ella se acercó y volvió a decírselo al oído. Él sonrió, y así, poco a poco, dejó de espantarse.

Y ahora, pasado el tiempo, es él el que se lo dice siempre, incluso a veces lo reclama.

Él, el que se espantaba...

@Saralacalle

jueves, 8 de agosto de 2013

Loterías

Eran las 22.00h y estaba pendiente de la radio para escuchar el sorteo especial de la lotería de verano. Ella y su chico habían comprado un par de boletos. Él sabía que no les tocarían, pero a Sara le hacía ilusión. ¿Y si les pasaba? Más de una noche, tumbados en la azotea, se habían puesto a pensar en voz alta lo que harían si les tocaba. Él no decía nada, dejaba que ella hablase.

- Pues mira, lo primero que haremos si ganamos es hacer un viaje a La Patagonia, que llevamos mucho tiempo diciéndolo, después volveremos y seguiremos con nuestros trabajos o podíamos montar un negocio juntos. ¿Qué te parece una agencia de comunicación? Bueno no sé, eso ya lo pensaremos, pero seguiremos trabajando. Luego compraremos cuatro pisitos en Madrid, uno para cada uno nuestros hermanos, pero ojo, en zonas separadas, que no quiero a toda la familia junta.
A ver que piense... También me gustaría hacer un crucero todos juntos, mis padres y los tuyos, los hermanos y las parejas. Puede ser tan divertido...

Él solo sonreía, no decía nada.

Y así pasaron más de una noche.

Pero ahora era verdad, había llegado el día.

Subió el volumen y escuchó: "El número premiado es el DOS - CINCO - CERO - CERO - CINCO".

- Mierda, dijo en voz alta. No habían acertado ni uno de los números.

Apagó la radio y siguió leyendo.

Cuando se metió en la cama, él la abrazó y le dijo que no se preocupase, que ellos ya eran muy afortunados.

- Ya, cari, pero...

- ¿Sabes qué me gustaría a mí? Ser un gato.

- No empieces a vacilarme, le dijo ofendida.

- Quiero ser un gato para vivirte siete veces, tonta.

@Saralacalle

jueves, 1 de agosto de 2013

En lo mejor.

Llegó de la playa y miró el móvil, ni rastro de Alejandro, ni una llamada, ni un mensaje... Nada. Sintió un pequeño pinchazo en el estómago y se fue a la ducha.

Al salir se vistió con un vestido blanco corto que realzaba su moreno, se puso un poco de rimmel y salió de casa. Había quedado en una terraza para tomar algo con sus amigas y pasar allí la noche, sin nada que hacer, con todo por contar.

Una de ellas, Marian, la que había empezado más tarde las vacaciones y no sabía todos los pormenores de la vida de las demás, le preguntó:

- Oye Sara, ¿y Alex y tú cuánto lleváis?

- Desde las navidades pasadas...

- Vaya, Sara, todavía estáis en lo mejor.

Y Sara se quedó callada y empezó a pensar. ¿Qué era estar en lo mejor? ¿No dejar de pensar en él? ¿Despertarse con un mensaje de buenos días? ¿Recordarle cada vez que sonaba una canción? ¿Querer que acabasen las vacaciones para volver a Madrid y achucharle?

Cuando volvió a la realidad de la mesa, sus amigas despotricaban de sus parejas. Una se quejaba porque desde que se fueron a vivir juntos parecían dos completos desconocidos, otra de que vivían sumidos en la rutina y la tercera en discordia les decía que no se quejasen, que al menos ellas tenían pareja.

Sara no entendía nada, ¿qué les llevaba a chicas de veinte años a "aguantar" a sus parejas si no eran felices? ¿Por qué se conformaban?

Tres cervezas y unas mil críticas después, pagaron y se fueron a casa con la certeza de saber que mañana se verían de nuevo en la playa.

Al llegar a casa, Sara corrió al calendario que tenía en la mesilla y tachó un día más, ya era jueves, por fin el domingo volvía a Madrid.

Y se acostó pensando en lo paradójico de la situación, ella que llevaba desde abril tachando días para su semana de vacaciones, ahora tachaba días para volver junto a él.


Sí, definitivamente estaban en lo mejor.

@Saralacalle

lunes, 29 de julio de 2013

Volver

Se sentó en la playa y respiró hondo, por fin había vuelto a Oropesa, a casa, a ser pequeña, al sitio que la había visto crecer.

Se recogió el pelo y se metió en el agua. Estaba fría pero no importaba, necesitaba algo así. Se zambulló un par de veces y volvió a su toalla. Allí se huntó bien de bronceador y se dedicó a observar a su alrededor.

En la sombrilla de su derecha estaban Paula y Jaime, sus vecinos de al lado. Ella era ya toda una mujercita que leía la Cuore y él no soltaba su teléfono móvil. La madre, mientras, estaba absorta en una novela. Quiso acercarse y preguntarles qué tal pero recordó que su madre, en una de esas llamadas interminables, le había contado que se habían separado y a Sara le dio pudor irrumpir en su intimidad. Prefirió callar.

A la izquierda, dos sombrillas más allá, estaban Pepa y Conchi, dos hermanas octogenarias que se habían quedado viudas y mataban las horas muertas al sol, guardando su playa. Sara se emocionó y se levantó a saludarlas. Nada más verla la abrazaron, le dijeron lo guapa que estaba y cuánto la habían echado de menos. Empezaron a hablar y pasó más de media hora. Sara se despidió como pudo y volvió a su toalla cuando de repente le vio. Ahí estaba Jose, con veinte kilos menos y una rubia de 90-60-90 digna de un desfile de lencería. Jose era el típico chico gordito del grupo al que ninguna de sus amigas le había hecho caso pero siempre había estado ahí cuando alguna corría a llorarle porque su rollete de verano pasaba de ella.

- Vaya, Sara, que alegría verte otro año aquí.

Y se pusieron hablar, como si no hubiesen pasado los años, recordando batallitas, haciendo aflorar los recuerdos.

No llevaban ni diez minutos cuando apareció Carolina con Emma en brazos, acababa de cumplir ocho meses y aún no se mantenía de pie sola. La conversación dio un giro radical y solo se hablaba de cómo le había cambiado la vida a Carolina, lo poco que había tardado en recuperar la figura, lo duro que había sido dejarla los primeros días en la guardería... Y ahí estaban, tres amigos de toda la vida a los que el invierno les había cambiado por completo.

Mientras seguían hablando y la rubia escultural ya se había aburrido de sus historietas y le había dicho a Jose que le esperaba en casa, Sara vio a su abuela al otro lado de la playa con su blusón de flores y su sombrero de paja gritando: "niña, que se me pasa el arroz. Vamos pa' casa a comer".

Y Sara sonrió, esto era el verano, el volver a casa, el ver cómo cambiaba la gente que de verdad la quería, cómo se hacían grandes. Viendo que ellos, los de ayer, ya no eran los de antes.

@Saralacalle

jueves, 25 de julio de 2013

La última ducha

Esa mañana Luis se despertó antes que nunca, normalmente era María la que le daba un beso en la frente y le decía que ya tenía el café preparado.

Ese miércoles se cambiaron los papeles y él se levantó sigiloso y puso la cafetera. Mientras cogía las tazas ella se acercó por detrás y le abrazó a la vez que le daba un beso en la espalda.

- ¿Te has caído de la cama hoy?

- No sé nena, no podía dormir, estaba muy inquieto.

- ¿Y si aprovechamos que es temprano y nos duchamos juntos?

A él le pareció buena idea, Luis no se caracterizaba por ser precisamente romántico y ella tenía que aprovechar esos momentos. Se metieron en la ducha y no escatimaron en besos y caricias.

Al final, como era de esperar, se les hizo tarde y les tocó correr. Prisas y risas.

Así daba gusto empezar el día.

A mitad de mañana, María fue a su taquilla y miró el móvil, encendió la pantalla y leyó dos mensajes de Luis, en el primero decía que esta mañana estaba preciosa en la ducha. En el segundo que esa misma tarde se iba a Galicia porque al día siguiente tenía una reunión a primera hora. María sonrió, por fin había encontrado un trabajo que le hacía realmente feliz.

Volvió al trabajo y no pudo parar de sonreir, cada vez estaban mejor juntos. Y, aunque Luis no lo sabía todavía, puede que pronto fuesen uno más...

Salió de la tienda y se fue a casa, en época de rebajas era un horror y hoy estaba especialmente cansada.

Se duchó, se puso una camiseta de deporte y se tiró en el sofá con un refresco bien frío.

Encendió la televisión y palideció.

¿Qué había pasado? Un accidente de tren inundaba todos los canales.

Llamó a Luis, llamó una y otra vez. Nadie respondió.

Pasó una hora angustiada, llamando de un teléfono a otro, nadie sabía decirle nada.

En un momento de sumo caos, sonó el teléfono de casa, la madre de Luis entre sollozos le dijo eso que jamás había querido escuchar.

Ahora, solo queda pensar que ese día Luis se despertó antes para aprovechar sus últimas horas con ella.

@Saralacalle

Nota: día gris, hoy no se puede hablar de otra cosa.

Mi más sentido pésame a todas las víctimas y familiares afectados.


martes, 9 de julio de 2013

Malabares del orgullo

Salió del trabajo corriendo, el avión estaba a punto de aterrizar y no sabía si iba a llegar a tiempo para recibirle. Su oficina estaba muy cerca del aeropuerto pero al final todo se había complicado y había salido una hora más tarde de lo previsto.

Al llegar al parking decidió coger un taxi. Sería lo más rápido.

Después de un pequeño atasco, llegó a la T4 y buscó en las pantallas el vuelo procedente de Berlín y, de repente, el corazón empezó a latirle más y más fuerte. Ya estaba ahí. Comenzó a andar de un lado para otro, buscando la salida correcta, pero estaba tan nerviosa que tuvo que preguntar.

Un chico que la había estado observando, no pudo evitar acercarse a ella y le dijo con un perfecto inglés: "keep calm, baby" y Sara no pudo evitar empezar a reirse.

Podía verle a través de la puerta.

Cuando de repente... Despertador.

Mierda, Sara. Toca ir a trabajar. Solo ha sido un sueño. Un bonito sueño de verano.

Se levantó refunfuñando y se prometió que ese día le escribiría sin falta, que le diría cuánto le echa de menos, que fue una estúpida, que de las elecciones nunca sale nada bueno.


@Saralacalle

viernes, 7 de junio de 2013

Haciendo números


- 117. Apúntalo, corre, dijo antes de que la bateria de su móvil decidiese dejar de funcionar.

Otra vez igual. Sara estaba harta de estas historias. ¿Qué significaba ese número?

Emilio era así, era la persona más impredecible del mundo, igual le regalaba un paseo en globo, como la llevaba a unos baños árabes o la recogía en el trabajo con la maleta hecha y sin destino en mente. Él era así, alérgico a la rutina.

Sara, metida de llena en el atasco de la M30 típico de primera hora de la mañana, no paraba de darle vueltas a ese número. ¿Qué sería? Solo se le ocurrían tres cosas: el número de una habitación de hotel, una dirección o una fecha encubierta.


Fue descartando opciones una a una. Primero llamó a un hotel del centro de Madrid al que solían ir cuando el bolsillo lo permitía. Preguntó si había una reserva esa noche a nombre de alguno de los dos. Dijeron que no. Se decepcionó un poco, le apetecía un plan así.
Después, en un semáforo, buscó la dirección de su restaurante favorito y resultó estar situado en la Calle Dámaso Herrero, número 35. Nada de 117. De nuevo una desilusión.
Probó suerte combinando fechas. 1/1/7 no le sonaba a nada. 11/7. ¿Habría preparado algo para el mes de julio?

- Ay, Emi, qué difícil me lo pones a veces, pensó en voz alta.

Media hora más tarde y con la hora pegada, llegó a trabajar y se olvidó del número. Las cosas no estaban como para permitirse el lujo de andar divagando con combinaciones de dígitos.

El día pasó y a ella los únicos números que le preocupaban eran los del presupuesto, que por cuarto mes consecutivo no cuadraban.

Salió de la oficina, se montó en el coche y puso la radio. Cogió una noticia al vuelo: "Parece que el tiempo va a acompañar en el primer fin de semana de la Feria del Libro".

- Idiota, Sara, eres una idiota, se recriminó.

Eso es lo que él quería decir. Cambió su trayecto y tomó rumbo al Retiro, conocía el camino a la perfección. Ellos se habían conocido allí hacía cuatro años y solían ir a menudo. 

Una vez dentro, corrió hasta la caseta 117 esperando encontrar una pista, algo.

Llegó y estaba abarrotada, un autor famoso estaba firmando su novela y ella empezó a ponerse nerviosa. ¿Qué puñetas hacía allí? ¿Se estaba volviendo loca?

- ¿Sara? ¿Eres Sara Lacalle?

Se dio la vuelta temerosa. No conocía esa voz y, en efecto, no conocía a ese chico con perilla que la miraba con ojos espectantes.

- Sí, dijo titubeante.

- Tengo esto para ti...




@Saralacalle

jueves, 2 de mayo de 2013

¿Y a ti cómo te titulo?

Hay periodistas que antes de ponerse a escribir la noticia escriben el titular y a partir de ahí desarrollan el resto del texto. Otros lo hacen al revés, escriben toda la historia y luego titulan. Sara era de los del segundo grupo, anoche volvió a corroborarlo.

Se metió en la cama y empezó a pensar en Fernando, reescribiendo su historia mentalmente.

Recordó cómo se habían conocido y cómo a ella le había gustado desde el primer momento. Sonrió al pensar en los coloretes que le salían cuando le decía algún piropo. No pudo evitar arrugar el entrecejo pensando en la primera vez que se enfadaron, pero ese pensamiento dio paso de inmediato a una carcajada recordando la primera vez que se emborracharon juntos.

Así fue "sumando caras"; la de la primera vez que le dio un beso en público, la de la primera vez que le llamó Fer y acortó su nombre para siempre, la de la sonrisa que no pudo esconder al verla bailar solo con una toalla en el pasillo...

Y Sara se paró a pensar de nuevo. Hacía más de seis meses que había empezado esta historia y no sabía titularla. Entonces recordó a su profesora de redacción diciéndole:  "Sara, busca las tres partes de la historia y ahí obtendrás el titular". 

¿Antecedentes? Sara le dijo que si era verdad que el 21 de Diciembre se iba a acabar el mundo, tenía que besarle antes.

¿Nudo? No fue un beso. Bueno, la primera noche sí, solo uno al despedirse, pero después de esa despedida vinieron muchas citas más.

¿Desenlace? Están tan felices que siguen en el nudo, desnudos, sin fin del mundo.




Sara se reía. Era imposible titular eso. 

@Saralacalle


lunes, 15 de abril de 2013

Un lunes cualquiera

Sara odia los lunes, eso es un hecho. Los domingos le cuesta mucho dormirse y el despertador al día siguiente no da tregua.

Hoy, al llegar a la redacción, ha mirado la agenda y se ha deprimido aún más. Un par de ruedas de prensa con poca chicha y un manido reportaje sobre "Los cuidados para el verano". Un sopor de día.

Poco a poco, café en mano, se ha ido metiendo en la espiral de teletipos y titulares. Así ha pasado la mañana.

Cuando ha querido darse cuenta, era la hora de la comida. Ha mirado el móvil asombrada, no había tenido noticias de Juan en todo el día. Se había malacostumbrado, siempre le sacaba una sonrisa a media mañana y hoy lo echaba de menos. Miró su última hora de conexión: 7:45h. Estará teniendo un día duro, pensó.

La tarde no tuvo nada de relevante, todo fue según lo previsto, algo nada habitual en un periódico. Por suerte, el cierre fue fácil y antes de las 21.00h estaba en casa. Se puso las mallas y se fue a correr para despejarse un rato. No aguantó más de media hora.

Llegó de nuevo a casa y corrió a la nevera a por algo frío y, de repente, lo vio. 

                                         

Estaba ahí. Firme. Rosa. Con dos interrogantes y dos palabras que la dejaron petrificada. "¿¿Nos casamos??".

Ella que siempre le dejaba notas a su chico y le reprochaba que no le hiciesen ilusión, se veía sorprendida con una nota así. Sabía que no era una broma. Juan no era así. Él era claro y directo.

Moraleja: un día normal puede convertirse en el punto de inflexión de tu vida.

@Saralacalle


viernes, 12 de abril de 2013

De los que abren la nevera

Como cada viernes, Sara aprovechó su jornada reducida y al salir de trabajar, a eso de las cinco de la tarde, fue a casa de sus padres solo para ver a su madre y tomarse un café con ella sin tener que mirar el reloj.

Llegó y a Isabel se le iluminó la cara.

- Venga, que te estaba esperando.

- Mamá, tengo que contarte una cosa.

Su madre enmudeció.

- Tengo "un" novio, dijo entre risas.

El suspiro de su madre se oyó en toda la casa.


- ¿Otra vez, Sara? ¿Otra vez?

- Si mamá, este es el bueno, el de verdad.

Isabel se reía. En los últimos tres años, había escuchado la misma historia unas quince veces. Siempre era igual. Sara venía emocionada, le contaba que tenía "un" novio, que era el elegido y que seguro que se iban a casar.

En ese momento, Sara echó dos cucharadas de azúcar en el café y empezó a hablar a borbotones. Le contó a su madre que le había conocido en el trabajo, que era tres años mayor que ella, del norte, alto y guapo, como a ella le gustaban.

- Y no solo eso, mamá, es de lo que abren la nevera.

- ¿Qué?

- Sí, mamá, la teoría que te cuento siempre. Él, cuando viene a casa, si le apetece una cerveza se levanta del sofá y la coge, no me pide permiso. Tiene confianza, se siente agusto, se siente en casa. Es el elegido.

Su madre se rió a carcajadas.

No podía ser, otra vez la misma historia de siempre.

@Saralacalle

viernes, 29 de marzo de 2013

Por amor a las torrijas

- Oye mamá, ¿por qué ya no os queréis?

- ¿Por qué dices eso, cariño?

Pablo, de tan solo siete años, estaba sentado en la encimera de la cocina mientras su madre preparaba torrijas. Se divertían mucho cocinando juntos, era uno de esos placeres baratos que a Sara le encantaban.

- Pablo, papá y yo nos queremos mucho, y siempre nos vamos a querer.

- ¿Entonces por qué no duerme aquí?

Sara enmudeció y se le llenaron los ojos de lágrimas. ¿Qué podía decir? Edu y ella estaban en paro, él desde hacía casi un año, ella desde hace dos. Al principio pensaron que sería algo pasajero, pero poco a poco esta situación les empezó a pasar factura. Todo eran discusiones y malas caras. Un día tras otro. No había ni una sola alegría en casa, solo la risa de Pablo que vivía ajeno a la situación económica de sus padres. Su risa solo se apagó cuando supo que tenían que mudarse y dejar el chalet para vivir en un piso mucho más pequeño en las afueras de Madrid. Lloró durante días cuando pensó en su columpio. En su casa nueva ya no había ni jardín. El cambio de colegio no le importaba, su columpio sí. Todo esto hizo que un día Edu y Sara decidieran que ya no había amor, no como el de antes.

Se recompuso como pudo y sacó una sonrisa.

- ¿Quieres que llamemos a papá y le invitemos a merendar torrijas con nosotros?

La cara de Pablo fue un poema. Dejó de arrugar la nariz y se dibujó en su cara una sonrisa de oreja a oreja.

Saltó de la encimera y fue corriendo a por el móvil de su mamá.

- Corre, mami, llámale, llámale.

Sara sonreía sin poder evitarlo. Ella también le echaba mucho de menos.

Marcó su número. Lo tenía en la agenda pero a ella le gustaba marcar número a número. Era el único teléfono que se sabía de memoria.

Un tono al otro lado del teléfono. Dos. Tres... A Sara le sudaban las manos. Pablo miraba a su madre con esos ojos de ilusión que solo se podían comparar con los de la mañana del Día de Reyes.

- Hola, Sara.

- Edu, ¿qué tal? Pablo y yo estamos haciendo torrijas y queríamos invitarte a merendar con nosotros. ¿Te apetece?

- ¿Lo dudas? En media hora estoy allí, y colgó el teléfono.

Edu sonrió. Odiaba las torrijas.

- Cariño, corre, ayúdame a poner la mesa que papá está al venir.

@Saralacalle

sábado, 23 de marzo de 2013

La hora del Planeta

Quedamos a las 20,30h, dijo Sara decidida.

Él no replicó. Llegó a su casa sabiendo que le tocaría ver una película de esas que le gustaban a ella y comer palomitas. Luego llamarían a un chino y hablarían de la fugacidad de la vida.

Iban por el pasillo y ella frenó en seco.

- Ay, es la hora del planeta, dijo. Apaga la luz.


No la necesitaron. Se les hizo de día en la cama.

@Saralacalle

viernes, 22 de marzo de 2013

Deja volar mi imaginación...

Se llama Sara y ya tiene alguno más de veinte, tampoco muchos. Siempre quiso ser periodista, bueno, no siempre, cuando rondaba la decena quería ser "como la Pantoja", farandulera que es ella, como su madre. No la conozco demasiado, solo la he visto un par de veces por el barrio.

Ahora está ahí, sentada, mientras yo la observo en silencio. Está en un parque de Asturias, o quizá es Barcelona, ya no lo sé. Eso da igual. Está escribiendo a su jefe, acaba de cambiarle el turno de guardia y ha deshecho de un plumazo sus planes para el próximo fin de semana.
Ah, no, perdón, acaba de escribir a su chico, lleva más de quince minutos esperando y no da señales de vida. Odia esperar.
Bueno, por su gesto arrugado, igual está escribiendo a su hermano porque no se ha acordado de llamarla y felicitarla el día de su cumpleaños.

No lo sé. Su cara es un poema.

De repente, sin hacer mucho ruido, me acerco un poco más a ella. ¿Dónde están sus zapatos? ¿Ha llegado descalza hasta allí? ¿Los ha guardado en su mochila? ¿Los ha metido debajo de su manta verde?




No lo sé. No sé responder a todas esas preguntas. Prefiero imaginarme la historia yo sola. ¿Qué quiero ver en esa Sara escribiendo en soledad en un teléfono en medio de un parque? Ah, ya sé, hoy he tenido un mal día y quiero acabarlo imaginando una historia bonita.

Veamos...

Sara ha salido de la universidad, está cursando el último curso de periodismo. A ella le encanta viajar, pero la crisis está instalada, también, en su bolsillo. Aún así, después de un par de meses trabajando como camarera en un bar del barrio, ha conseguido ahorrar y ha reservado un fin de semana para dos personas en Sevilla. Ni ella ni su chico han estado nunca y siempre han soñado con hacer ese viaje juntos.

Por fin, Sergio baja las escaleras y la ve ahí sentada, escribiendo, descalza, como siempre. Se acerca hasta ella y la besa. Se sienta en la manta verde que Sara siempre lleva en el maletero del coche y empiezan a contarse entre risas y caricias, cómo les ha ido el día. Él se queja, trabaja en una mensajería venida a menos por pocos euros a cambio de muchas horas.

- Oye, cariño, tengo que mandar un sobre a Sevilla.

- ¿A Sevilla?

Ella abre la mochila que tiene a su derecha y le pasa un sobre donde están las reservas del AVE y del hotel. Él no puede ocultar la sonrisa. Se abalanza sobre ella y empieza a besarla.

[...]

Sí, me quedo con esa historia. Eso es lo que quiero creer. Eso es lo que quiero ver en esa Sara al verla ahí sentada. ¿Por qué? Porque no la conozco. Porque las imágenes son subjetivas. Igual que los textos. Y yo, lo único que les pido a ambas cosas, es que me dejen volar la imaginación, que me hagan soñar, que para eso están ahí. Que bastantes 'verdades' y 'mentiras' tengo ya que ver a lo largo del día.

@Saralacalle


domingo, 17 de marzo de 2013

Entrevista a oscuras

Había esperado este Congreso de Periodismo durante meses y cuando por fin supo que iría, el gusanillo se instaló en su estómago.

El lunes de esa semana, ya estaba nerviosa. Solo quería que llegase el miércoles. Todo pensamiento, teniendo o sin tener que ver, acababa siendo para el congreso. Qué nervios. Qué ganas.

Llegó el día. Todo listo. Armas preparadas.

Miércoles noche. Llegó al hotel reventada. Cenó y se tomó unas copas con sus compañeros. No había peligro a la vista. Se fue a dormir pronto. El jueves iba a ser duro. Y así fue.

Al llegar al congreso y recoger la acreditación, el gusanillo se había convertido en nudo, de los que oprimen, de los que no dejan respirar. Miró a su alrededor y puso cara a algunos conocidos. No le apetecía demasiado saludar, se quitó las gafas y se ahorró el seguir encontrando rostros amigos. Si se acercaban y preguntaban porqué no había saludado, ella alegaría no llevar las gafas. Lo hacía siempre.

Se encaminó hacia el auditorio en el que tenían lugar las ponencias, preparó el ordenador y sacó sus notas, quería aprovechar el tiempo y dejar lista su entrevista de la tarde. Era la más importante de su vida, de ahí la ilusión por el congreso.

Pasó el día entre ponencias, emails y cafés con sus compañeros, periodismo puro y duro. 

A la hora de la comida, decidió disfrutar del momento y olvidarse por un instante del trabajo. Se relajó y se tomó un par de copas de vino mientras hablaba con unos y con otros.

Al rato, la pregunta más típica del mundo hizo que todo cambiase.

- ¿Sabéis dónde está el baño?

Alguien se lo explicó y ella se encaminó decidida hasta allí.

Al salir, cargada con el bolso, el ordenador y mil cosas más, sin darse cuenta, se chocó con alguien.

- Perdona, no te he visto, he salido corriendo, dijo mientras miraba al suelo por si se le había caído algo.

- ¿Sara?

- ¿Alex?

Esquemas al suelo. Recuerdos al vuelo.

No supieron reaccionar. No supieron qué decir. Esto no estaba en el guión. Ella no se lo podía creer, el día más importante de su vida laboral, tenía que aparecer él, el hombre más importante de su vida personal.

- Alex, perdóname, tengo mucha prisa, tengo una entrevista en menos de media hora.

- Pero Sara...

No le dio tiempo a acabar la frase. Ella se había marchado corriendo y no sabía muy bien por cuál de las puertas había entrado.

Pasó el día. No volvió a verla más. Buscó su blusa de lunares pero fue inútil. Nadie la había visto.



Pensó cómo localizarla. No tenía nada. Ni un email, ni un teléfono, nada. Ella lo dejó claro cuando se rompió su relación: "se acabó, esto y todo".

Tuvo una idea. Ella era muy "tuitera" y supo que así la localizaría.

Pensó. Tenía 140 caracteres como jugada. No podía perder esta baza.

#Congresohuesca Quiero entrevistar a la periodista de los lunares que olvida las gafas. Yo pago el café.

Se lanzó.

Ella, de repente, lo leyó en la pantalla. No pudo disimular la sonrisa.

Contestó.

#CongresoHuesca Siempre y cuando todo sea "off the record"* acepto. Olvidaré la ropa también.

Y aquí está. Desnuda en cuerpo y alma para él. Él ya no pregunta. Afirma. La conoce bien. A ella y a su cuerpo.

@Saralacalle

* Off the record: Aspecto de una entrevista o conversación que no debe hacerse público. 

Mudarse a la luna II

- Vámonos a casa, Nacho, dijo Sara entre sollozos.

Él no entendía nada. ¿Qué le pasaba? Sara nunca lloraba, y mucho menos delante de él.

Se montaron en el coche y permanecieron en silencio durante todo el trayecto. Ella intentando reprimir las lágrimas. Él con mil preguntas sin respuesta en la cabeza.

Al llegar a casa, se bajaron del coche y entraron en el portal. Una vez dentro del ascensor, ella se abalanzó sobre él y le besó con una ternura y un romanticismo sorprendentes, hecho que terminó de descolocar a Nacho. Sara era todo lo contrario a lo que estaba viendo  esta noche.

Esta vez no fue como las anteriores. No se desnudaron en mitad del pasillo. No lo hicieron en la cocina. No lo hicieron en el baño.

Esta vez fue distinto. Esta vez ella puso velas y marcó el ritmo. Suave. Lento. Seductor.

Inusual.

Cuando terminaron, él la miró y sonrió. Esta no era la Sara que él conocía, pero le había gustado. Tenía que reconocerlo.



De repente, sin saber cómo, se rompió el momento.

- Oye, hoy no me puedo quedar a dormir.

- ¿Cómo? Ya sabes cuáles son las condiciones de esta historia.

- A veces las cosas no salen como uno quiere.

- Nacho, joder, habérmelo dicho antes. Yo por un "rato" no me la juego. Además, tenemos que aprovechar, me voy a vivir con Borja y dejo este piso, soltó sin pensarlo.

- ¿Qué? ¿Estás bromeando, verdad?

- No.

-  Pero ...  ¿Cuánto tiempo lleváis juntos?

- ¿Qué importa eso?

Él la miró altivo, se levantó y comenzó a vestirse. Ella también, se puso unas mallas y una camiseta. Se recogió el pelo.

Él se encendió un cigarro mientras ella se preparaba un vaso de leche. Ambos se sentaron en el sofá y, de nuevo, se quedaron callados.

Él terminó el cigarro y se encaminó hacia el pasillo. Ella se levantó detrás. Él paró de repente.

- Se me va a hacer raro no volver aquí, son tantos años...

Ella sonrió. Sabía que para ella también iba a ser duro. Al dejar esta casa, irremediablemente, le dejaba a él.

Llegaron a la puerta y ella se puso de puntillas, siempre le había gustado abrazarle así, era tan alto...

Ese fue su último instante. Aspiró su olor y no se atrevió a decir nada más.

Cerró la puerta. Ese era el precio de la luna.

Corrió al teléfono.

- Hola mi amor, ¿has llegado a casa ya? Oye, he estado pensando que podíamos ir mañana a pagar la fianza del piso de la Luna.

- Estupendo, Sara, contestó él sorprendido.

@Saralacalle

domingo, 10 de marzo de 2013

Mudarse a la luna I

Ella se arregló como si fuese un día más. Esa tarde había quedado con su chico para ir a ver pisos al centro de Madrid. Llevaban más de seis meses juntos y habían decidido dar el paso.

Él decía que solo era una etapa más. Ella sabía que no. Él vivía con tres compañeros más. Ella vivía sola. Dar el paso de dejar su casita para irse a vivir con él, le parecía el salto de su vida. Tenía miedo. Mucho miedo. Aun así, se puso una falda corta y se pintó una sonrisa.

Corrieron Gran Vía abajo para llegar cuanto antes a la calle Luna, número 6, 3ºA. Era un piso que, desde el primer momento, a ella le había enamorado. Cuando entraron y Marta, la casera, se lo enseñó, ella supo que quería vivir ahí. Era un estudio pequeño de paredes blancas y amplios ventanales que le hacían muy acogedor. - Mañana mismo os podéis mudar, dijo Marta. Ella tembló. Él afirmó convencido.

Salieron de aquella visita sabiendo que, tarde o temprano, empezarían una vida allí.

Después de la calle Luna, vinieron dos calles más y sus correspondientes dos pisos. Ya no les convencían, eran bonitos, sí, pero no eran el piso de "la Luna", como ya le llamaban. Aun así, vieron un cuarto piso más y fueron paseando hasta el café de Luanco, en la Cava Baja de Madrid, para tomar un chocolate y comentar la jugada.

Él, normalmente más sensato que ella, lo tenía claro. Hablaba a borbotones, hacia planes, decoraba mentalmente, soñaba a voz en grito. Ella, sonrisa pintada, no paraba de darle vueltas al chocolate. De repente, su móvil vibró en el bolso. "Estoy aparcando en la puerta de tu casa", decía la pantalla.

- ¿Qué te pasa, Sara? No te veo convencida. ¿Quieres que veamos más pisos? No tenemos prisa, tenemos todo el tiempo del mundo.

- No, no es eso. Es una casa perfecta, de verdad. Supongo que solo me da miedo dar ese paso.

- No tengas miedo, esto solo puede ir a mejor.

- Tienes razón, dijo intentando convencerse.

La pantalla del móvil volvió a encenderse. "No tardes, Sara". Imponente.

- Cariño, me tengo que ir, me están esperando las chicas.

- Venga, al final se nos ha hecho muy tarde.

Se despideron. Él la abrazó. Escondió sus manos en el pelo y la acarició. Intentó calmarla. Se agachó y levantó su barbilla. - Mírame, dijo, te prometo que no te vas a arrepentir. Y ella, por primera vez en mucho tiempo, dudó de su relación.

Beso ligero en los labios y cada uno emprendió su camino.

Justo antes de doblar la esquina, sonó su teléfono.

- Estoy llegando ya, perdona. Borja se ha entretenido más de la cuenta.

Aceleró el paso. Caminaba decidida. Estaba deseando llegar a casa. Los semáforos jugaban con ella. Retrasaban. Enervaban.

Por fin, un cuarto de hora más tarde, entraba en su calle, donde llevaba viviendo más de cuatro años. Un coche aparcado le dio las luces. Ella corrió hacia él. Abrió la puerta y se montó corriendo. Le besó fugazmente.

- Sara, habíamos quedado hace más de media hora.

- Hoy no me regañes, abrázame.

Nacho se sorprendió. Sara nunca le había pedido algo así. Sabía que ella estaba a punto de llorar.

Él arrancó el coche y le propuso dar una vuelta bajo la noche de Madrid antes de subir a casa. Sabía que a ella le encantaba.

Estaban callados. Sara tenía la vista fija. Él la miró de reojo.

Unos minutos más tarde, él paró el coche.

- Venga bájate, te quiero enseñar una cosa.

Ella obedeció. Se colocó la bufanda bien y le siguió. No sabía dónde estaba pero caminaba tras él.

- Mira, Sara, mira la luna. Es el mejor sitio de Madrid para verla.

En ese momento, a ella se le llenaron los ojos de lágrimas.

Continuará ...

@Saralacalle


viernes, 1 de febrero de 2013

Jueves

Querido Jueves,

¿Cómo estás? ¿Sigues vivo? No sabes qué día. He estado a punto de quedarme dormida en un par de ocasiones...

¿Te acuerdas cómo surgió esto? Cuando llegamos de Berlín y decidimos fijar los jueves como "nuestro día", supe que era una buena idea.

Echa la vista atrás, venga. Son tantos jueves juntos... Jueves de cine. Jueves de cena. Jueves de sexo. Jueves de todo. Jueves de nada. Solo Jueves. Solo nosotros.

Ayer fue genial. Volver al sitio donde nos conocimos y repetir paso por paso la primera cita, hizo que  fuese nuestro mejor jueves. Me recogiste en la salida de metro de Tribunal. Tú llevabas zapatillas rojas,para que te reconociese. Yo un gorro gris. Fuimos a mi sitio preferido, esa cervecería donde te besé por primera vez. Cenamos. Hablamos. Nos reímos. Creo que hasta nos sedujimos.

Sí, lo hicimos, con la seguridad que dan 288 jueves juntos, con la tranquilidad de saber que eres tú, con la tranquilidad de saber que a tu lado puedo ser yo.

Te quiero, Jueves.

@Saralacalle