domingo, 17 de marzo de 2013

Mudarse a la luna II

- Vámonos a casa, Nacho, dijo Sara entre sollozos.

Él no entendía nada. ¿Qué le pasaba? Sara nunca lloraba, y mucho menos delante de él.

Se montaron en el coche y permanecieron en silencio durante todo el trayecto. Ella intentando reprimir las lágrimas. Él con mil preguntas sin respuesta en la cabeza.

Al llegar a casa, se bajaron del coche y entraron en el portal. Una vez dentro del ascensor, ella se abalanzó sobre él y le besó con una ternura y un romanticismo sorprendentes, hecho que terminó de descolocar a Nacho. Sara era todo lo contrario a lo que estaba viendo  esta noche.

Esta vez no fue como las anteriores. No se desnudaron en mitad del pasillo. No lo hicieron en la cocina. No lo hicieron en el baño.

Esta vez fue distinto. Esta vez ella puso velas y marcó el ritmo. Suave. Lento. Seductor.

Inusual.

Cuando terminaron, él la miró y sonrió. Esta no era la Sara que él conocía, pero le había gustado. Tenía que reconocerlo.



De repente, sin saber cómo, se rompió el momento.

- Oye, hoy no me puedo quedar a dormir.

- ¿Cómo? Ya sabes cuáles son las condiciones de esta historia.

- A veces las cosas no salen como uno quiere.

- Nacho, joder, habérmelo dicho antes. Yo por un "rato" no me la juego. Además, tenemos que aprovechar, me voy a vivir con Borja y dejo este piso, soltó sin pensarlo.

- ¿Qué? ¿Estás bromeando, verdad?

- No.

-  Pero ...  ¿Cuánto tiempo lleváis juntos?

- ¿Qué importa eso?

Él la miró altivo, se levantó y comenzó a vestirse. Ella también, se puso unas mallas y una camiseta. Se recogió el pelo.

Él se encendió un cigarro mientras ella se preparaba un vaso de leche. Ambos se sentaron en el sofá y, de nuevo, se quedaron callados.

Él terminó el cigarro y se encaminó hacia el pasillo. Ella se levantó detrás. Él paró de repente.

- Se me va a hacer raro no volver aquí, son tantos años...

Ella sonrió. Sabía que para ella también iba a ser duro. Al dejar esta casa, irremediablemente, le dejaba a él.

Llegaron a la puerta y ella se puso de puntillas, siempre le había gustado abrazarle así, era tan alto...

Ese fue su último instante. Aspiró su olor y no se atrevió a decir nada más.

Cerró la puerta. Ese era el precio de la luna.

Corrió al teléfono.

- Hola mi amor, ¿has llegado a casa ya? Oye, he estado pensando que podíamos ir mañana a pagar la fianza del piso de la Luna.

- Estupendo, Sara, contestó él sorprendido.

@Saralacalle

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