- Oye mamá, ¿por qué ya no os queréis?
- ¿Por qué dices eso, cariño?
Pablo, de tan solo siete años, estaba sentado en la encimera de la cocina mientras su madre preparaba torrijas. Se divertían mucho cocinando juntos, era uno de esos placeres baratos que a Sara le encantaban.
- Pablo, papá y yo nos queremos mucho, y siempre nos vamos a querer.
- ¿Entonces por qué no duerme aquí?
Sara enmudeció y se le llenaron los ojos de lágrimas. ¿Qué podía decir? Edu y ella estaban en paro, él desde hacía casi un año, ella desde hace dos. Al principio pensaron que sería algo pasajero, pero poco a poco esta situación les empezó a pasar factura. Todo eran discusiones y malas caras. Un día tras otro. No había ni una sola alegría en casa, solo la risa de Pablo que vivía ajeno a la situación económica de sus padres. Su risa solo se apagó cuando supo que tenían que mudarse y dejar el chalet para vivir en un piso mucho más pequeño en las afueras de Madrid. Lloró durante días cuando pensó en su columpio. En su casa nueva ya no había ni jardín. El cambio de colegio no le importaba, su columpio sí. Todo esto hizo que un día Edu y Sara decidieran que ya no había amor, no como el de antes.
Se recompuso como pudo y sacó una sonrisa.
- ¿Quieres que llamemos a papá y le invitemos a merendar torrijas con nosotros?
La cara de Pablo fue un poema. Dejó de arrugar la nariz y se dibujó en su cara una sonrisa de oreja a oreja.
Saltó de la encimera y fue corriendo a por el móvil de su mamá.
- Corre, mami, llámale, llámale.
Sara sonreía sin poder evitarlo. Ella también le echaba mucho de menos.
Marcó su número. Lo tenía en la agenda pero a ella le gustaba marcar número a número. Era el único teléfono que se sabía de memoria.
Un tono al otro lado del teléfono. Dos. Tres... A Sara le sudaban las manos. Pablo miraba a su madre con esos ojos de ilusión que solo se podían comparar con los de la mañana del Día de Reyes.
- Hola, Sara.
- Edu, ¿qué tal? Pablo y yo estamos haciendo torrijas y queríamos invitarte a merendar con nosotros. ¿Te apetece?
- ¿Lo dudas? En media hora estoy allí, y colgó el teléfono.
Edu sonrió. Odiaba las torrijas.
- Cariño, corre, ayúdame a poner la mesa que papá está al venir.
@Saralacalle

