lunes, 29 de julio de 2013

Volver

Se sentó en la playa y respiró hondo, por fin había vuelto a Oropesa, a casa, a ser pequeña, al sitio que la había visto crecer.

Se recogió el pelo y se metió en el agua. Estaba fría pero no importaba, necesitaba algo así. Se zambulló un par de veces y volvió a su toalla. Allí se huntó bien de bronceador y se dedicó a observar a su alrededor.

En la sombrilla de su derecha estaban Paula y Jaime, sus vecinos de al lado. Ella era ya toda una mujercita que leía la Cuore y él no soltaba su teléfono móvil. La madre, mientras, estaba absorta en una novela. Quiso acercarse y preguntarles qué tal pero recordó que su madre, en una de esas llamadas interminables, le había contado que se habían separado y a Sara le dio pudor irrumpir en su intimidad. Prefirió callar.

A la izquierda, dos sombrillas más allá, estaban Pepa y Conchi, dos hermanas octogenarias que se habían quedado viudas y mataban las horas muertas al sol, guardando su playa. Sara se emocionó y se levantó a saludarlas. Nada más verla la abrazaron, le dijeron lo guapa que estaba y cuánto la habían echado de menos. Empezaron a hablar y pasó más de media hora. Sara se despidió como pudo y volvió a su toalla cuando de repente le vio. Ahí estaba Jose, con veinte kilos menos y una rubia de 90-60-90 digna de un desfile de lencería. Jose era el típico chico gordito del grupo al que ninguna de sus amigas le había hecho caso pero siempre había estado ahí cuando alguna corría a llorarle porque su rollete de verano pasaba de ella.

- Vaya, Sara, que alegría verte otro año aquí.

Y se pusieron hablar, como si no hubiesen pasado los años, recordando batallitas, haciendo aflorar los recuerdos.

No llevaban ni diez minutos cuando apareció Carolina con Emma en brazos, acababa de cumplir ocho meses y aún no se mantenía de pie sola. La conversación dio un giro radical y solo se hablaba de cómo le había cambiado la vida a Carolina, lo poco que había tardado en recuperar la figura, lo duro que había sido dejarla los primeros días en la guardería... Y ahí estaban, tres amigos de toda la vida a los que el invierno les había cambiado por completo.

Mientras seguían hablando y la rubia escultural ya se había aburrido de sus historietas y le había dicho a Jose que le esperaba en casa, Sara vio a su abuela al otro lado de la playa con su blusón de flores y su sombrero de paja gritando: "niña, que se me pasa el arroz. Vamos pa' casa a comer".

Y Sara sonrió, esto era el verano, el volver a casa, el ver cómo cambiaba la gente que de verdad la quería, cómo se hacían grandes. Viendo que ellos, los de ayer, ya no eran los de antes.

@Saralacalle

jueves, 25 de julio de 2013

La última ducha

Esa mañana Luis se despertó antes que nunca, normalmente era María la que le daba un beso en la frente y le decía que ya tenía el café preparado.

Ese miércoles se cambiaron los papeles y él se levantó sigiloso y puso la cafetera. Mientras cogía las tazas ella se acercó por detrás y le abrazó a la vez que le daba un beso en la espalda.

- ¿Te has caído de la cama hoy?

- No sé nena, no podía dormir, estaba muy inquieto.

- ¿Y si aprovechamos que es temprano y nos duchamos juntos?

A él le pareció buena idea, Luis no se caracterizaba por ser precisamente romántico y ella tenía que aprovechar esos momentos. Se metieron en la ducha y no escatimaron en besos y caricias.

Al final, como era de esperar, se les hizo tarde y les tocó correr. Prisas y risas.

Así daba gusto empezar el día.

A mitad de mañana, María fue a su taquilla y miró el móvil, encendió la pantalla y leyó dos mensajes de Luis, en el primero decía que esta mañana estaba preciosa en la ducha. En el segundo que esa misma tarde se iba a Galicia porque al día siguiente tenía una reunión a primera hora. María sonrió, por fin había encontrado un trabajo que le hacía realmente feliz.

Volvió al trabajo y no pudo parar de sonreir, cada vez estaban mejor juntos. Y, aunque Luis no lo sabía todavía, puede que pronto fuesen uno más...

Salió de la tienda y se fue a casa, en época de rebajas era un horror y hoy estaba especialmente cansada.

Se duchó, se puso una camiseta de deporte y se tiró en el sofá con un refresco bien frío.

Encendió la televisión y palideció.

¿Qué había pasado? Un accidente de tren inundaba todos los canales.

Llamó a Luis, llamó una y otra vez. Nadie respondió.

Pasó una hora angustiada, llamando de un teléfono a otro, nadie sabía decirle nada.

En un momento de sumo caos, sonó el teléfono de casa, la madre de Luis entre sollozos le dijo eso que jamás había querido escuchar.

Ahora, solo queda pensar que ese día Luis se despertó antes para aprovechar sus últimas horas con ella.

@Saralacalle

Nota: día gris, hoy no se puede hablar de otra cosa.

Mi más sentido pésame a todas las víctimas y familiares afectados.


martes, 9 de julio de 2013

Malabares del orgullo

Salió del trabajo corriendo, el avión estaba a punto de aterrizar y no sabía si iba a llegar a tiempo para recibirle. Su oficina estaba muy cerca del aeropuerto pero al final todo se había complicado y había salido una hora más tarde de lo previsto.

Al llegar al parking decidió coger un taxi. Sería lo más rápido.

Después de un pequeño atasco, llegó a la T4 y buscó en las pantallas el vuelo procedente de Berlín y, de repente, el corazón empezó a latirle más y más fuerte. Ya estaba ahí. Comenzó a andar de un lado para otro, buscando la salida correcta, pero estaba tan nerviosa que tuvo que preguntar.

Un chico que la había estado observando, no pudo evitar acercarse a ella y le dijo con un perfecto inglés: "keep calm, baby" y Sara no pudo evitar empezar a reirse.

Podía verle a través de la puerta.

Cuando de repente... Despertador.

Mierda, Sara. Toca ir a trabajar. Solo ha sido un sueño. Un bonito sueño de verano.

Se levantó refunfuñando y se prometió que ese día le escribiría sin falta, que le diría cuánto le echa de menos, que fue una estúpida, que de las elecciones nunca sale nada bueno.


@Saralacalle