Se sentó en la playa y respiró hondo, por fin había vuelto a Oropesa, a casa, a ser pequeña, al sitio que la había visto crecer.
Se recogió el pelo y se metió en el agua. Estaba fría pero no importaba, necesitaba algo así. Se zambulló un par de veces y volvió a su toalla. Allí se huntó bien de bronceador y se dedicó a observar a su alrededor.
En la sombrilla de su derecha estaban Paula y Jaime, sus vecinos de al lado. Ella era ya toda una mujercita que leía la Cuore y él no soltaba su teléfono móvil. La madre, mientras, estaba absorta en una novela. Quiso acercarse y preguntarles qué tal pero recordó que su madre, en una de esas llamadas interminables, le había contado que se habían separado y a Sara le dio pudor irrumpir en su intimidad. Prefirió callar.
A la izquierda, dos sombrillas más allá, estaban Pepa y Conchi, dos hermanas octogenarias que se habían quedado viudas y mataban las horas muertas al sol, guardando su playa. Sara se emocionó y se levantó a saludarlas. Nada más verla la abrazaron, le dijeron lo guapa que estaba y cuánto la habían echado de menos. Empezaron a hablar y pasó más de media hora. Sara se despidió como pudo y volvió a su toalla cuando de repente le vio. Ahí estaba Jose, con veinte kilos menos y una rubia de 90-60-90 digna de un desfile de lencería. Jose era el típico chico gordito del grupo al que ninguna de sus amigas le había hecho caso pero siempre había estado ahí cuando alguna corría a llorarle porque su rollete de verano pasaba de ella.
- Vaya, Sara, que alegría verte otro año aquí.
Y se pusieron hablar, como si no hubiesen pasado los años, recordando batallitas, haciendo aflorar los recuerdos.
No llevaban ni diez minutos cuando apareció Carolina con Emma en brazos, acababa de cumplir ocho meses y aún no se mantenía de pie sola. La conversación dio un giro radical y solo se hablaba de cómo le había cambiado la vida a Carolina, lo poco que había tardado en recuperar la figura, lo duro que había sido dejarla los primeros días en la guardería... Y ahí estaban, tres amigos de toda la vida a los que el invierno les había cambiado por completo.
Mientras seguían hablando y la rubia escultural ya se había aburrido de sus historietas y le había dicho a Jose que le esperaba en casa, Sara vio a su abuela al otro lado de la playa con su blusón de flores y su sombrero de paja gritando: "niña, que se me pasa el arroz. Vamos pa' casa a comer".
Y Sara sonrió, esto era el verano, el volver a casa, el ver cómo cambiaba la gente que de verdad la quería, cómo se hacían grandes. Viendo que ellos, los de ayer, ya no eran los de antes.
@Saralacalle
Recuerdo cuando era pequeño y en el colegio a la vuelta de vacaciones, la profesora nos mandaba hacer una redacción con lo que habíamos hecho durante el verano; veo que a ti eso se te daría muy bien, si fuera tu profesor estaría deseando leer tu redaccióN..
ResponderEliminarCon que no dejes de entrar aquí, me vale.
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