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domingo, 17 de marzo de 2013

Entrevista a oscuras

Había esperado este Congreso de Periodismo durante meses y cuando por fin supo que iría, el gusanillo se instaló en su estómago.

El lunes de esa semana, ya estaba nerviosa. Solo quería que llegase el miércoles. Todo pensamiento, teniendo o sin tener que ver, acababa siendo para el congreso. Qué nervios. Qué ganas.

Llegó el día. Todo listo. Armas preparadas.

Miércoles noche. Llegó al hotel reventada. Cenó y se tomó unas copas con sus compañeros. No había peligro a la vista. Se fue a dormir pronto. El jueves iba a ser duro. Y así fue.

Al llegar al congreso y recoger la acreditación, el gusanillo se había convertido en nudo, de los que oprimen, de los que no dejan respirar. Miró a su alrededor y puso cara a algunos conocidos. No le apetecía demasiado saludar, se quitó las gafas y se ahorró el seguir encontrando rostros amigos. Si se acercaban y preguntaban porqué no había saludado, ella alegaría no llevar las gafas. Lo hacía siempre.

Se encaminó hacia el auditorio en el que tenían lugar las ponencias, preparó el ordenador y sacó sus notas, quería aprovechar el tiempo y dejar lista su entrevista de la tarde. Era la más importante de su vida, de ahí la ilusión por el congreso.

Pasó el día entre ponencias, emails y cafés con sus compañeros, periodismo puro y duro. 

A la hora de la comida, decidió disfrutar del momento y olvidarse por un instante del trabajo. Se relajó y se tomó un par de copas de vino mientras hablaba con unos y con otros.

Al rato, la pregunta más típica del mundo hizo que todo cambiase.

- ¿Sabéis dónde está el baño?

Alguien se lo explicó y ella se encaminó decidida hasta allí.

Al salir, cargada con el bolso, el ordenador y mil cosas más, sin darse cuenta, se chocó con alguien.

- Perdona, no te he visto, he salido corriendo, dijo mientras miraba al suelo por si se le había caído algo.

- ¿Sara?

- ¿Alex?

Esquemas al suelo. Recuerdos al vuelo.

No supieron reaccionar. No supieron qué decir. Esto no estaba en el guión. Ella no se lo podía creer, el día más importante de su vida laboral, tenía que aparecer él, el hombre más importante de su vida personal.

- Alex, perdóname, tengo mucha prisa, tengo una entrevista en menos de media hora.

- Pero Sara...

No le dio tiempo a acabar la frase. Ella se había marchado corriendo y no sabía muy bien por cuál de las puertas había entrado.

Pasó el día. No volvió a verla más. Buscó su blusa de lunares pero fue inútil. Nadie la había visto.



Pensó cómo localizarla. No tenía nada. Ni un email, ni un teléfono, nada. Ella lo dejó claro cuando se rompió su relación: "se acabó, esto y todo".

Tuvo una idea. Ella era muy "tuitera" y supo que así la localizaría.

Pensó. Tenía 140 caracteres como jugada. No podía perder esta baza.

#Congresohuesca Quiero entrevistar a la periodista de los lunares que olvida las gafas. Yo pago el café.

Se lanzó.

Ella, de repente, lo leyó en la pantalla. No pudo disimular la sonrisa.

Contestó.

#CongresoHuesca Siempre y cuando todo sea "off the record"* acepto. Olvidaré la ropa también.

Y aquí está. Desnuda en cuerpo y alma para él. Él ya no pregunta. Afirma. La conoce bien. A ella y a su cuerpo.

@Saralacalle

* Off the record: Aspecto de una entrevista o conversación que no debe hacerse público. 

Mudarse a la luna II

- Vámonos a casa, Nacho, dijo Sara entre sollozos.

Él no entendía nada. ¿Qué le pasaba? Sara nunca lloraba, y mucho menos delante de él.

Se montaron en el coche y permanecieron en silencio durante todo el trayecto. Ella intentando reprimir las lágrimas. Él con mil preguntas sin respuesta en la cabeza.

Al llegar a casa, se bajaron del coche y entraron en el portal. Una vez dentro del ascensor, ella se abalanzó sobre él y le besó con una ternura y un romanticismo sorprendentes, hecho que terminó de descolocar a Nacho. Sara era todo lo contrario a lo que estaba viendo  esta noche.

Esta vez no fue como las anteriores. No se desnudaron en mitad del pasillo. No lo hicieron en la cocina. No lo hicieron en el baño.

Esta vez fue distinto. Esta vez ella puso velas y marcó el ritmo. Suave. Lento. Seductor.

Inusual.

Cuando terminaron, él la miró y sonrió. Esta no era la Sara que él conocía, pero le había gustado. Tenía que reconocerlo.



De repente, sin saber cómo, se rompió el momento.

- Oye, hoy no me puedo quedar a dormir.

- ¿Cómo? Ya sabes cuáles son las condiciones de esta historia.

- A veces las cosas no salen como uno quiere.

- Nacho, joder, habérmelo dicho antes. Yo por un "rato" no me la juego. Además, tenemos que aprovechar, me voy a vivir con Borja y dejo este piso, soltó sin pensarlo.

- ¿Qué? ¿Estás bromeando, verdad?

- No.

-  Pero ...  ¿Cuánto tiempo lleváis juntos?

- ¿Qué importa eso?

Él la miró altivo, se levantó y comenzó a vestirse. Ella también, se puso unas mallas y una camiseta. Se recogió el pelo.

Él se encendió un cigarro mientras ella se preparaba un vaso de leche. Ambos se sentaron en el sofá y, de nuevo, se quedaron callados.

Él terminó el cigarro y se encaminó hacia el pasillo. Ella se levantó detrás. Él paró de repente.

- Se me va a hacer raro no volver aquí, son tantos años...

Ella sonrió. Sabía que para ella también iba a ser duro. Al dejar esta casa, irremediablemente, le dejaba a él.

Llegaron a la puerta y ella se puso de puntillas, siempre le había gustado abrazarle así, era tan alto...

Ese fue su último instante. Aspiró su olor y no se atrevió a decir nada más.

Cerró la puerta. Ese era el precio de la luna.

Corrió al teléfono.

- Hola mi amor, ¿has llegado a casa ya? Oye, he estado pensando que podíamos ir mañana a pagar la fianza del piso de la Luna.

- Estupendo, Sara, contestó él sorprendido.

@Saralacalle

domingo, 10 de marzo de 2013

Mudarse a la luna I

Ella se arregló como si fuese un día más. Esa tarde había quedado con su chico para ir a ver pisos al centro de Madrid. Llevaban más de seis meses juntos y habían decidido dar el paso.

Él decía que solo era una etapa más. Ella sabía que no. Él vivía con tres compañeros más. Ella vivía sola. Dar el paso de dejar su casita para irse a vivir con él, le parecía el salto de su vida. Tenía miedo. Mucho miedo. Aun así, se puso una falda corta y se pintó una sonrisa.

Corrieron Gran Vía abajo para llegar cuanto antes a la calle Luna, número 6, 3ºA. Era un piso que, desde el primer momento, a ella le había enamorado. Cuando entraron y Marta, la casera, se lo enseñó, ella supo que quería vivir ahí. Era un estudio pequeño de paredes blancas y amplios ventanales que le hacían muy acogedor. - Mañana mismo os podéis mudar, dijo Marta. Ella tembló. Él afirmó convencido.

Salieron de aquella visita sabiendo que, tarde o temprano, empezarían una vida allí.

Después de la calle Luna, vinieron dos calles más y sus correspondientes dos pisos. Ya no les convencían, eran bonitos, sí, pero no eran el piso de "la Luna", como ya le llamaban. Aun así, vieron un cuarto piso más y fueron paseando hasta el café de Luanco, en la Cava Baja de Madrid, para tomar un chocolate y comentar la jugada.

Él, normalmente más sensato que ella, lo tenía claro. Hablaba a borbotones, hacia planes, decoraba mentalmente, soñaba a voz en grito. Ella, sonrisa pintada, no paraba de darle vueltas al chocolate. De repente, su móvil vibró en el bolso. "Estoy aparcando en la puerta de tu casa", decía la pantalla.

- ¿Qué te pasa, Sara? No te veo convencida. ¿Quieres que veamos más pisos? No tenemos prisa, tenemos todo el tiempo del mundo.

- No, no es eso. Es una casa perfecta, de verdad. Supongo que solo me da miedo dar ese paso.

- No tengas miedo, esto solo puede ir a mejor.

- Tienes razón, dijo intentando convencerse.

La pantalla del móvil volvió a encenderse. "No tardes, Sara". Imponente.

- Cariño, me tengo que ir, me están esperando las chicas.

- Venga, al final se nos ha hecho muy tarde.

Se despideron. Él la abrazó. Escondió sus manos en el pelo y la acarició. Intentó calmarla. Se agachó y levantó su barbilla. - Mírame, dijo, te prometo que no te vas a arrepentir. Y ella, por primera vez en mucho tiempo, dudó de su relación.

Beso ligero en los labios y cada uno emprendió su camino.

Justo antes de doblar la esquina, sonó su teléfono.

- Estoy llegando ya, perdona. Borja se ha entretenido más de la cuenta.

Aceleró el paso. Caminaba decidida. Estaba deseando llegar a casa. Los semáforos jugaban con ella. Retrasaban. Enervaban.

Por fin, un cuarto de hora más tarde, entraba en su calle, donde llevaba viviendo más de cuatro años. Un coche aparcado le dio las luces. Ella corrió hacia él. Abrió la puerta y se montó corriendo. Le besó fugazmente.

- Sara, habíamos quedado hace más de media hora.

- Hoy no me regañes, abrázame.

Nacho se sorprendió. Sara nunca le había pedido algo así. Sabía que ella estaba a punto de llorar.

Él arrancó el coche y le propuso dar una vuelta bajo la noche de Madrid antes de subir a casa. Sabía que a ella le encantaba.

Estaban callados. Sara tenía la vista fija. Él la miró de reojo.

Unos minutos más tarde, él paró el coche.

- Venga bájate, te quiero enseñar una cosa.

Ella obedeció. Se colocó la bufanda bien y le siguió. No sabía dónde estaba pero caminaba tras él.

- Mira, Sara, mira la luna. Es el mejor sitio de Madrid para verla.

En ese momento, a ella se le llenaron los ojos de lágrimas.

Continuará ...

@Saralacalle


viernes, 12 de octubre de 2012

Entre la multitud

Al terminar la carrera, él se fue a probar suerte al otro lado del charco. El periodismo en España pasaba, hace ya cinco años, por un mal momento. Ella, recién licenciada también, lloró en silencio su partida, sabiendo que podían haber sido mucho más que amigos. Lamentándose no haber arriesgado.

En la despedida, mientras le abrazaba, ella le prometió en silencio seguirle por todo el mundo. Él, sin palabras, se prometió cuidarla en la distancia.

Pasó el tiempo y ambos fueron creciendo, tanto a nivel personal como a nivel profesional. Nunca hablaron directamente durante esos años pero supieron el uno del otro por terceras personas. Se admiraban en la distancia.

Hace un par de meses, ella abrió el periódico y se sorprendió al verle firmando una crónica de las protestas de Madrid. Ella también había estado ahí. No le había visto y se sintió una idiota. ¿Habría vuelto?



Hoy, dos meses después, están sentados tomando un café en casa de ella, como si el tiempo no hubiese pasado, como si nunca hubiesen estado separados.

- ¿Puedo enseñarte algo?
- Claro.

Ella se levantó y fue a su habitación a por una caja. La abrió y se la enseñó.

Él la miraba asombrado. No daba crédito. Ahí estaban todas sus crónicas perfectamente recortadas y trabajadas. Con apuntes en sus márgenes. Con preguntas que ahora podía  hacerle.

Con preguntas que él respondería.

@Saralacalle