Al terminar la carrera, él se fue a probar suerte al otro lado del charco. El periodismo en España pasaba, hace ya cinco años, por un mal momento. Ella, recién licenciada también, lloró en silencio su partida, sabiendo que podían haber sido mucho más que amigos. Lamentándose no haber arriesgado.
En la despedida, mientras le abrazaba, ella le prometió en silencio seguirle por todo el mundo. Él, sin palabras, se prometió cuidarla en la distancia.
Pasó el tiempo y ambos fueron creciendo, tanto a nivel personal como a nivel profesional. Nunca hablaron directamente durante esos años pero supieron el uno del otro por terceras personas. Se admiraban en la distancia.
Hace un par de meses, ella abrió el periódico y se sorprendió al verle firmando una crónica de las protestas de Madrid. Ella también había estado ahí. No le había visto y se sintió una idiota. ¿Habría vuelto?
Hoy, dos meses después, están sentados tomando un café en casa de ella, como si el tiempo no hubiese pasado, como si nunca hubiesen estado separados.
- ¿Puedo enseñarte algo?
- Claro.
Ella se levantó y fue a su habitación a por una caja. La abrió y se la enseñó.
Él la miraba asombrado. No daba crédito. Ahí estaban todas sus crónicas perfectamente recortadas y trabajadas. Con apuntes en sus márgenes. Con preguntas que ahora podía hacerle.
Con preguntas que él respondería.
@Saralacalle

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ResponderEliminarHay que tener un alma muy profunda, y con sentimientos de mil colores, para escribir un relato así. Da igual que sea real, ficticio o una mezcla de ambos. Es soberbio en su sencillez, brillante en su ejecución y hermoso en su contenido.
EliminarEs la más clara definición de Amor.
Querido Antonio, esas palabras emocionan muchísimo, solo puedo darle las gracias una y otra vez.
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