Que qué me pasa, preguntas pegando tu culo al mío en la cama. Que porqué ya nunca hablo de nosotros, que estoy fría y distante, que cómo hemos llegado a este punto, me dices.
Esa es nuestra conversación del domingo antes de ir a dormir.
Que dónde quedaron las sonrisas con sólo mirarnos, que cuánto hace que no me haces cosquillas en la tripa, que se me ha olvidado el tiempo que hace que no salimos a cenar sin motivo, pienso en silencio.
Recapacito, separo tu culo del mío y presto atención a ese detalle. ¿En qué momento empezamos a dormir dándonos la espalda? Yo, que no podía dormir si no sentía tu respiración, ahora me alejo de ti y abrazo un cojín que, aunque lo intenta, no sustituye tu calor.
Sigo pensando. Todo empezó cuando dejamos de lavarnos los dientes juntos antes de dormir y no nos rozábamos frente al espejo. Siguió cuando yo me acostaba antes de que tú llegases de trabajar y ni me besabas al meterte en la cama. Se acentuó cuando me veías cocinando y ya no te acercabas por detrás para sobarme con descaro.
Así, poco a poco, con las cosas pequeñas del día a día, se hizo grande nuestra distancia.
Se hicieron grandes las heridas.
@Saralacalle
