Entró corriendo en su habitación, dio la luz y empezó a buscar en el armario un vestido acorde a la cita de esta noche. Había quedado con su exnovio y, aunque le hubiese gustado, no le había dado tiempo a prepararse con más antelación, de hecho, tenía que estar en menos de media hora en un restaurante pijo del centro de Madrid.
Estaba a punto de ponerse a gritar como una histérica, cuando vio el vestido que quería. Uno negro, muy ceñido, y con toda la espalda al aire. Lo sacó sin dudar. Corrió a la mesilla de noche y sacó un conjunto de tanga y sujetador de encaje granate y unas medias color carne. El verano ya había acabado y por la noche refrescaba bastante.
Sara estaba muy nerviosa y le daba miedo romper las medias mientras se las ponía. En eso estaba pensando cuando se fijó en la mancha de encima del cabecero de su cama. Hacía más de dos años que estaba ahí y siempre le hacía sonreír.
Se veían perfectamente, eran dos manos, las suyas, plasmadas en la pared. No pudo evitar la carcajada. Un día, sin saber muy bien porqué, le dijo a su ex que se tumbase en la cama, que iba a darle un masaje. Él, sorprendido por esa iniciativa, se dejó hacer. Vio como ella se recogía el pelo y se bañaba las manos en aceite corporal. Se puso a horcajadas sobre sus nalgas y empezó a darle el masaje. Bueno, en realidad le acariciaba nada más, estaba claro que no tenía ni idea. Él no aguantó en esa posición, quería verla, se dio la vuelta y ahí acabó el masaje. Ella, sin ser consciente de que aún tenía las manos manchadas, quiso hacer fuerza con las manos en la pared...
A día de hoy, siempre que las ve, sonríe. Jamás un masaje había dejado tanta huella.
@Saralacalle
