Como cada 6 de diciembre, Sara se despertó ilusionada, era festivo y tocaba renovar su contrato, no el laboral, el sentimental. Cada año, siempre en esta fecha, Javier y ella volvían al aeropuerto donde se conocieron y revivían aquella escena de hace ya más de doce años.
Ella, con una maleta demasiado pesada para un cuerpo tan pequeño. Él, con una mochila, esperaba detrás para pedir un café.
Sara, que nunca había sido demasiado hábil, cargaba con el bolso, la bandeja y la maleta y acabó derramando todo el café en la espalda de él, justo cuando iba a dejar la barra para sentarse en una mesa tranquilamente mientras esperaba su avión.
Él, lejos de enfadarse, sonrió y se prestó a ayudar. Un gesto que acabó con dos cafés más en la mesa y una larga conversación.
Ella, ni corta ni perezosa, le preguntó si cuando volviese de su viaje le invitaría a cenar. Él preguntó porqué debería hacerlo. Ella cogió una servilleta de papel, sacó un boli y empezó a enumerar distintas razones: porque no pararás de sonreir en toda la noche, porque puedo seguir una conversación de casi cualquier tema, porque te llevaré al mejor mirador de Madrid... Y así hasta llegar a diez. Diez razones por las que él debería dejarse engatusar por esa loca patosa que acababa de conocer.
Aceptó. No tenía nada que perder.
Y ahora, doce años, una hipoteca y un hijo después, siempre vuelven allí y renuevan sus razones.
Sara siempre pone la primera de la lista la de hacerle sonreir todos los días. Cosa que él afirma que hasta hoy ha cumplido.
Cosa que si no pasa hará que todo se acabe.
@Saralacalle
