Lo leyó en el periódico, esa misma tarde se inauguraba una exposición fotográfica de un viejo conocido. Era en una galería del centro de Madrid. Hacía años que no sabía nada de él, había seguido sus andanzas a través de la prensa pero nunca se habían vuelto a ver. Habían pasado ocho años desde que decidieron que no podían seguir juntos. Mantuvieron un apasionado romance, a penas unos meses. Unos meses que, para bien o para mal, marcaron el resto de su vida. Lo suyo era una historia imposible.
Se pasó el día mirando el reloj, no sabía si acudir a la inauguración o no. Le apetecía, la verdad es esa, pero no sabía si era buena idea.
Después de muchas dudas, se armó de valor y pensó que no tenía nada que perder. Al fin y al cabo, siempre le había admirado profesionalmente. Además, pensó, estaría lleno de gente y ella pasaría desapercibida. Solo quería verle.
A la hora de arreglarse, no pudo evitar pensar de nuevo en él, en lo que le gustaba, en lo que no, en aquella vez que fueron juntos de compras y la dependienta de una tienda acabó echándolos del probador... Sí, él había sido alguien importante en su vida.
Casi una hora después, llegó a la galería. Cuando estaba en la puerta y vio toda la gente que había, quiso darse la vuelta y salir corriendo, pero en el fondo algo en su interior le decía que tenía que entrar.
Nada más llegar, un camarero vestido con un elegante traje negro y una pajarita, le ofreció una copa de champán. La cogió y volvió a pensar en él. Le gustaba tomarse una copa de champán charlando con él de cualquier cosa absurda, podían pasarse horas y horas así.
Intentó apartarle de su mente y disfrutar de la exposición. Sus fotografías eran dignas de admiración, todas en blanco y negro, con luces muy fuertes, como a ella le gustaban.
La exposición le estaba encantando, pero había demasiada gente y no podía dedicarse a observar y analizar cada instantánea detenidamente, hasta que se encontró con una foto de la que no pudo apartar la vista. Era un bebé recién nacido tirado en la puertade un orfanato. Era una imagen dura, de esas que ves y no puedes sacarte de la mente durante días. Mientras estaba absorta en sus pensamientos, notó que alguien la estaba mirando. Apartó la vista de la fotografía y ahí estaba él, observándola entre la multitud. Sintió que le temblaban las piernas, tal y cómo sucedió hace más de ocho años, cuando ella era solo una becaria y le presentaron a su jefe. Él sonrío. Ella hizo lo mismo. Y, de repente, alguien se acercó a felicitarle por su maravilloso trabajo, rompiendo ese segundo mágico.
En ese momento, ella dudó, pensó en irse o en dar una vuelta más y terminar de ver todas las fotografías. Eligió la segunda opción, ya si que no tenía nada que perder.
De nuevo, una fotografía alejó de su mente cualquier pensamiento. Era una mujer de espaldas reflejada en el espejo de un cuarto de baño, recién salida de la ducha. La imagen le era familiar. Le sonaba aquella habitación. Le sonaba aquel lunar en el hombro derecho. Era ella. Y entonces recordó. Recordó aquella imagen. Recordó aquel viaje, aquel hotel, aquella ducha...
Él se acercó, se puso detrás de ella y, cuidadosamente, le dio una nota que ponía su nombre por un lado y por otro "1003".
Ella cogió la nota, sonrío y salió de la galería.
Aquella noche volvió a la habitación en la que se había hecho la foto del espejo. La habitación 1003.
@Saralacalle