Sábado. 8.30h de la mañana. Es muy pronto para levantarse, reniega un poco y después se va a la ducha. Se pone ropa cómoda y va a la cocina a preparar el desayuno. Carga la cafetera, programa la tostadora, saca las tazas y, de repente, suena el teléfono.
- ¿Qué hora es? Se pregunta en voz alta.
No sabe qué hacer. Si lo coge no sabrá mentir, si no lo hace él insistirá y hará que se ponga más nerviosa aún.
- Buenos días cariño, ¿cómo estás? Le pregunta intentando aparentar toda la calma que no tiene en este momento.
Aitor es ingeniero y ha tenido que pasar el sábado fuera de Madrid por culpa de un proyecto que últimamente le tiene absorvido.
La conversación es "normal". Ella, sorprendentemente, lo está haciendo muy bien. Él tiene ganas de hablar, se le nota. Ella no. Responde un par de preguntas y corta la conversación de la forma más brusca posible.
- Cariño, luego te llamo que voy a desayunar.
- Mmm, vale, llámame luego, dice él poco convencido.
Cuelgan. Ella respira aliviada. Lo ha hecho bien. Sigue sirviendo el desayuno, se asoma por la puerta de la cocina y grita: "Álvaro, ¿cómo quieres el café? Está recién hecho".
Eso fue ayer. Hoy Aitor y ella han pasado todo el día juntos en el campo. Él, demostrándole todo lo que la ha echado de menos estos días. Ella, intentando no recordar la noche del viernes. Había sido relativamente fácil hasta que hace un momento, al salir de la ducha, Aitor le ha dicho: "Qué gracioso, tienes un moratón en el culo que parece un mordisco".
@Saralacalle
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domingo, 15 de julio de 2012
martes, 1 de mayo de 2012
Café sin azúcar pero con sexo
No era amor. Era sexo. Ella se empeñó en disfrazarlo pero, ahora, pasado el tiempo, sabe que "solo" fue eso. Surgió el primer día que se vieron, ambos se desnudaron con la mirada. Ella era fotógrafa, él jefe de contenidos. No coincidían demasiado en la redacción, pero siempre lo intentaban. Lo que les gustaba era el morbo de la situación, el saber que trabajaban juntos y se acostaban sin que nadie lo supiese, cuando allí parecían dos desconocidos que no tenían nada en común. Nada absolutamente.
Recuerda la primera vez que lo hicieron. Ella venía de una manifestación y tenía que editar el material, él la vió llegar con sus rizos pelirrojos empapados.
- Vaya, parece que te has mojado, le dijo él.
- ¿Quieres comprobarlo? Contestó ella guiñándole un ojo.
Él la miró sorprendido, jamás se hubiese esperado una respuesta así y muchísimo menos allí. No le dió más importancia y volvió a su mesa. El laboratorio de fotografía estaba separado del resto por unas enormes vidrieras. Ella se sentaba de espaldas a él, y él no podía evitar apartar la vista de allí. La observaba continumente. Sabía cómo le gustaba sentarse, el movimiento que hacía para recogerse el pelo, cómo se tocaba la punta de la nariz cuando una foto no terminaba de convencerla...
No aguantó más. Marcó el 052, su número interno.
- Voy a bajar a por un café, ¿te vienes?
Ella tardó en reaccionar, no le había conocido. Cuando cayó en la cuenta de que era él, le dijo que sí corriendo.
Salieron cada uno por su lado hasta encontrarse en el ascensor. Se notaba en el ambiente lo que iba a ocurrir. Se miraban con deseo.
- Yo un café con leche con dos azucarillos, por favor.
- Yo con leche también, sin azúcar.
El café duró menos de cinco minutos, tenían prisa, hambre el uno del otro. ¿Qué hicieron?
Esta vez cogieron el ascensor pero no subieron. Bajaron. Fueron al parking, al coche de él.
Después, al rato, volvieron a la redacción, cada uno por su lado, volviendo a ser unos completos desconocidos.
Ese fue el primer café, sin azúcar pero con sexo, de muchos.
@Saralacalle
martes, 17 de abril de 2012
¿Me quiere? No me quiere.
Ella le vio venir corriendo por la playa haciendo aspavientos con las manos. Miró a su amiga y le preguntó quién era. Ese fue el inicio. Vivieron un romance de novela, de esos amores de verano que crees que solo pasan en las películas; largos paseos por la playa, baños a media noche, desayunos a la orilla del mar... El sueño de toda romántica que se precie.
El verano terminó y, lejos de acabarse, la relación se intensificó. Cuando ambos volvieron a su vida normal en la ciudad, la relación se estabilizó y fueron novios oficiales. Sí, la expresión suena cursi pero es así. No lo hablaron claramente pero los dos lo sabían. Eran pareja.
Pasados unos meses, por circunstancias ajenas a ellos, la relación se terminó.
Hoy, ella ha recordado cómo fue la última vez que se vieron. Él le regaló una margarita y le dijo que hiciese el ritual.
Ella obedeció. "Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere...". Así estuvieron un rato hasta que al final la margarita dijo "me quiere".
- ¿Qué has dicho? Preguntó él.
- Que dice que te quiero.
- ¿Cómo?
- Eso, que te quiero.
Él sonrió y la abrazó con fuerza. Ella nunca se lo había dicho y así, con ese juego, había conseguido escuchar lo que tanto tiempo llevaba esperando.
Ahora, cada vez que ella ve una margarita, no puede evitar pensar en él y en cómo hubiesen sido las cosas si él no se hubiese ido.
@Saralacalle
El verano terminó y, lejos de acabarse, la relación se intensificó. Cuando ambos volvieron a su vida normal en la ciudad, la relación se estabilizó y fueron novios oficiales. Sí, la expresión suena cursi pero es así. No lo hablaron claramente pero los dos lo sabían. Eran pareja.
Pasados unos meses, por circunstancias ajenas a ellos, la relación se terminó.
Hoy, ella ha recordado cómo fue la última vez que se vieron. Él le regaló una margarita y le dijo que hiciese el ritual.
Ella obedeció. "Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere...". Así estuvieron un rato hasta que al final la margarita dijo "me quiere".
- ¿Qué has dicho? Preguntó él.
- Que dice que te quiero.
- ¿Cómo?
- Eso, que te quiero.
Él sonrió y la abrazó con fuerza. Ella nunca se lo había dicho y así, con ese juego, había conseguido escuchar lo que tanto tiempo llevaba esperando.
Ahora, cada vez que ella ve una margarita, no puede evitar pensar en él y en cómo hubiesen sido las cosas si él no se hubiese ido.
@Saralacalle
lunes, 20 de febrero de 2012
¿Mala suerte?
Hoy ha notado más gente de la habitual en el metro, no soporta los empujones ni las aglomeraciones. Decide bajarse una parada antes de lo habitual y, de nuevo, choca con un chico que la impide salir.
-¿Qué le pasa hoy a todo el mundo?, se pregunta enfadada.
Sale por fin a la calle y camina relajada. La verdad es que no le apetecía nada tener que ir a esa clase, sin duda alguna, es la peor de toda la carrera y lleva arrastrándola desde primero.
Le encanta pasear a esa hora, la ciudad está adormilada, los escaparates aún a media luz, olor a bollos saliendo de las pastelerías y todo el mundo caminando como autómatas; unos llevando a los niños al cole, otros corriendo al trabajo, otros como ella yendo a clase... La vida de la grandes ciudades.
Ya que no va a llegar a tiempo, para en una de sus cafeterías favoritas y pide un capuchino. Se sienta en la mesa que más cerca está de la vidriera y saca el libro que está leyendo: "37 cafés y un desayuno".
Comienza a leer y poco a poco se adentra en la historia y no se entera de nada de lo que pasa a su alrededor.
Al rato, un plato cae al suelo rompiendo su concentración. ¡Ostras! 9:50h, si no corre va a llegar tarde también a la segunda clase del día. Se levanta y va a pagar a la barra.
Cuando abre el bolso no encuentra su monedero y empieza vaciarlo sobre la barra. La carpeta, el móvil, el mp3, la bolsa de aseo, la grabadora, el estuche... Nada, no hay manera. ¿Se lo habrá dejado en casa? ¿Se lo habrán robado? Mientras está dándole vueltas a esas ideas, alguien detrás de ella acerca un billete de cinco euros al camarero y le dice que se cobre.
Ella se da la vuelta y se queda petrificada. Es un chico de más de 1.90, con unos preciosos ojos azules que solo sabe sonreir. Ella, tímida dónde las haya, solo sabe darle las gracias.
- No me las des, nos vemos mañana aquí, a la misma hora.
@Saralacalle
martes, 17 de enero de 2012
Habitación 1003
Lo leyó en el periódico, esa misma tarde se inauguraba una exposición fotográfica de un viejo conocido. Era en una galería del centro de Madrid. Hacía años que no sabía nada de él, había seguido sus andanzas a través de la prensa pero nunca se habían vuelto a ver. Habían pasado ocho años desde que decidieron que no podían seguir juntos. Mantuvieron un apasionado romance, a penas unos meses. Unos meses que, para bien o para mal, marcaron el resto de su vida. Lo suyo era una historia imposible.
Después de muchas dudas, se armó de valor y pensó que no tenía nada que perder. Al fin y al cabo, siempre le había admirado profesionalmente. Además, pensó, estaría lleno de gente y ella pasaría desapercibida. Solo quería verle.
A la hora de arreglarse, no pudo evitar pensar de nuevo en él, en lo que le gustaba, en lo que no, en aquella vez que fueron juntos de compras y la dependienta de una tienda acabó echándolos del probador... Sí, él había sido alguien importante en su vida.
Casi una hora después, llegó a la galería. Cuando estaba en la puerta y vio toda la gente que había, quiso darse la vuelta y salir corriendo, pero en el fondo algo en su interior le decía que tenía que entrar.
Nada más llegar, un camarero vestido con un elegante traje negro y una pajarita, le ofreció una copa de champán. La cogió y volvió a pensar en él. Le gustaba tomarse una copa de champán charlando con él de cualquier cosa absurda, podían pasarse horas y horas así.
Intentó apartarle de su mente y disfrutar de la exposición. Sus fotografías eran dignas de admiración, todas en blanco y negro, con luces muy fuertes, como a ella le gustaban.
La exposición le estaba encantando, pero había demasiada gente y no podía dedicarse a observar y analizar cada instantánea detenidamente, hasta que se encontró con una foto de la que no pudo apartar la vista. Era un bebé recién nacido tirado en la puertade un orfanato. Era una imagen dura, de esas que ves y no puedes sacarte de la mente durante días. Mientras estaba absorta en sus pensamientos, notó que alguien la estaba mirando. Apartó la vista de la fotografía y ahí estaba él, observándola entre la multitud. Sintió que le temblaban las piernas, tal y cómo sucedió hace más de ocho años, cuando ella era solo una becaria y le presentaron a su jefe. Él sonrío. Ella hizo lo mismo. Y, de repente, alguien se acercó a felicitarle por su maravilloso trabajo, rompiendo ese segundo mágico.
En ese momento, ella dudó, pensó en irse o en dar una vuelta más y terminar de ver todas las fotografías. Eligió la segunda opción, ya si que no tenía nada que perder.
De nuevo, una fotografía alejó de su mente cualquier pensamiento. Era una mujer de espaldas reflejada en el espejo de un cuarto de baño, recién salida de la ducha. La imagen le era familiar. Le sonaba aquella habitación. Le sonaba aquel lunar en el hombro derecho. Era ella. Y entonces recordó. Recordó aquella imagen. Recordó aquel viaje, aquel hotel, aquella ducha...
Él se acercó, se puso detrás de ella y, cuidadosamente, le dio una nota que ponía su nombre por un lado y por otro "1003".
Ella cogió la nota, sonrío y salió de la galería.
Aquella noche volvió a la habitación en la que se había hecho la foto del espejo. La habitación 1003.
@Saralacalle
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