domingo, 16 de marzo de 2014

Ya no hablo de nosotros

Que qué me pasa, preguntas pegando tu culo al mío en la cama. Que porqué ya nunca hablo de nosotros, que estoy fría y distante, que cómo hemos llegado a este punto, me dices.

Esa es nuestra conversación del domingo antes de ir a dormir.

Que dónde quedaron las sonrisas con sólo mirarnos, que cuánto hace que no me haces cosquillas en la tripa, que se me ha olvidado el tiempo que hace que no salimos a cenar sin motivo, pienso en silencio.


Recapacito, separo tu culo del mío y presto atención a ese detalle. ¿En qué momento empezamos a dormir dándonos la espalda? Yo, que no podía dormir si no sentía tu respiración, ahora me alejo de ti y abrazo un cojín que, aunque lo intenta, no sustituye tu calor.

Sigo pensando. Todo empezó cuando dejamos de lavarnos los dientes juntos antes de dormir y no nos rozábamos frente al espejo. Siguió cuando yo me acostaba antes de que tú llegases de trabajar y ni me besabas al meterte en la cama. Se acentuó cuando me veías cocinando y ya no te acercabas por detrás para sobarme con descaro.

Así, poco a poco, con las cosas pequeñas del día a día, se hizo grande nuestra distancia. 

Se hicieron grandes las heridas.

@Saralacalle


sábado, 15 de marzo de 2014

Su favorita

Sonó el teléfono y ni se inmutó. Pasó de cogerlo, se había servido una copa de vino y estaba disfrutando de una de sus pasiones, la cocina. Esta noche venían a cenar sus hermanos y quería sorprenderles con una nueva receta.

Siguió entre fogones con el pelo recogido y el chandal de los domingos, estaba tan entregada que incluso chapurreó alguna canción en inglés. Volvió a sonar el teléfono. Bajó el fuego, se lavó las manos y se acercó a por él. "Jorge". Se le secó la boca, otra vez ese nombre en la pantalla. Dudó. No sabía si descolgar o no, pero al final lo hizo.

- Buenas tardes, dijo alguien con acento italiano. Disculpe que moleste. Llamo porque alguien se ha dejado el móvil este mediodía en la mesa de mi restaurante, debajo de la servilleta, he mirado en la agenda para intentar localizarle y este es el número que aparece como favorito.
- Ah, entiendo, dijo Sara perpleja.
- ¿Puede avisarle usted, señorita? Cerramos a las 18.00h pero a las 20.00 reabrimos la cocina, dígale que puede pasar a por él cuando quiera.
- Perfecto, muy amable. Se lo diré. Muchas gracias por las molestias.

Y colgó.

Saltó como una niña pequeña cuando le dicen que va a ir a Disneyland Paris. ¿Aún? ¿Después de dos años? ¿De Jorge? Carcajadas al aire. Recuerdos al vuelo.

Buscó en su agenda el número de la casa de Jorge, ni siquiera sabía si seguía viviendo en ese estudio de Las Ramblas.

Probó suerte. Llamó. 

Un tono.

Dos tonos.

- Diga, contestó una sensual voz femenina.
- Hola, ¿está Jorge?
- Sí, espera un momento.

Se escuchó al otro lado del aparato cómo esa sensual voz llamaba a Jorge. 

- ¿Si? ¿Quién es?
- Jorge, ¿soy tu favorita?
- ¿Sara? ¿Eres tú?

Y Sara colgó. Era su favorita, después de dos años. Con eso servía.

@Saralacalle




viernes, 14 de marzo de 2014

El temporal


El sol inundaba Madrid, el termómetro superaba los 18 grados pero ella seguía con su bufanda de punto azul y su abrigo de paño. No sentía el supuesto calor de la primavera del que todo el mundo hablaba. Para ella seguía siendo invierno. Su termostato se había parado desde que le vio. 

Era una tarde de marzo, la primavera  asomaba por la ventana y la sonrisa enmarcaba su cara. Había sido una buena mañana y la tarde pintaba bien. Se puso los cascos y empezó a sonar "Ola de calor", de Supersubmarina, era una canción que le recordaba al último viaje con sus amigas y siempre reforzaba su estado de ánimo. Siguió trabajando y cuando estaba terminando una de esas presentaciones plagadas de datos, alguien le tocó en el hombro y le dijo: "Sari, te traigo una sorpresa".

Ahí empezó el frío y el temblor de piernas. El invierno se alargaba, volvián las nubes.

Empezaba la ciclogénesis.

@Saralacalle



domingo, 26 de enero de 2014

Lo importante éramos tú y yo

Él siempre supo que la vida a su lado no iba a ser fácil, lo sabía desde el momento en que la conoció. No le importó. Pensó que a su lado tenía mucho que aprender. "Su trabajo es muy interesante, siempre está viajando y al llegar a casa tiene muchas historias que contar", solía decirle Alfonso a sus amigos cuando hablaba de ella. 

Esta mañana, por fin habían coincidido. Ninguno de los dos trabajaba y ambos estaban en Madrid, además había salido el sol. Quedaron, como siempre, en el ático de un hotel en el inicio de Gran Vía para comer juntos y dedicarse un rato a perder el tiempo, con la tranquilidad de no tener prisa. Antes, cuando empezaron su relación, solían hacerlo, y ahora Alfonso lo echaba de menos.

Al llegar, Sara le dio un beso que a él le hizo sonreir. Pequeño y ligero. Como ella. Como antes.
Se sentaron en la mesa y un camarero les tendió la carta. Mientras él echaba un vistazo a los platos, ella miraba su móvil.

- Sara... ¿Tú qué vas a querer?

-  Mmm, dijo ella saliendo de sus pensamientos, lo mismo que tú, cariño.

Alfonso torció el gesto y siguió mirando la carta. Ella volvió a su móvil. "Las noticias no descansan", solía decirle su jefe.

Cuando el camarero volvió, Alfonso pidió la comida y ella le maldijo en silencio. ¿Por qué había pedido bacalao sabiendo que ella lo odiaba? Se lo merecía.  No le había prestado atención en todo el rato. Puso su móvil en silencio y empezaron a hablar. Todo iba bien, o eso creía ella. Alfonso estaba muy raro y le daba igual lo que le contase, su gesto serio no cambiaba.

Sara alargó la mano y cogió la suya.


 

- ¿Qué te pasa, Alfon?

- Nada, dijo él sin inmutarse y sin apartar la vista del plato.

- Mírame y dime qué te pasa, dijo ella elevando un poco el tono.

- ¿Que qué me pasa? Mira Sara, no aguanto más, vives pegada a un teléfono, vas al baño con él, te acuestas con él, vives por y para él. ¿Y nosotros? Mírate, no paras de darle al botón para comprobar si te ha llegado un email o alguien te ha mandado un mensaje a Twitter. ¿Qué te pasa, Sara? ¿Qué coño te pasa?

Ella enmudeció, era eso lo que le pasaba. Más de una vez habían discutido por esta historia, pero jamás así.

Mientras ambos estaban en silencio, el teléfono se iluminó y comenzó a vibrar. Era un número desconocido.

- Ni se te ocurra cogerlo, Sara.

- Tengo que hacerlo, estoy esperando una llamada para el reportaje de mañana.

Soltó el tenedor y descolgó.

Él la miraba lleno de ira.

"Hola, buenas tardes, mi nombre es Mariela y llamo de Movistar,  ¿hablo con el titular de la línea?

Sara palideció. Colgó en el acto.

- Perdóname, cariño, de verdad, creía que era importante. 

- No, Sara, lo importante de hoy éramos tú y yo.

@Saralacalle 

lunes, 30 de diciembre de 2013

Su pequeña francesita

Fernando siempre había dicho que la menor de sus tres hijas, Sara, era "como una francesita; pequeña, con buenos modales y loca por la sopa de cebolla y el queso". Lo que jamás se hubiese imaginado él es que, un 30 de diciembre, iba a citarle en una cafetería a la que solían ir, para decirle que se marchaba.

- Papá, no puedo seguir aquí, Madrid se ahoga y yo me asfixio. Hace un año que terminé la carrera y no tengo trabajo, no puedo seguir aquí, quiero ir a estudiar moda en París.


Fernando frunció el ceño. ¿Por qué ahora? ¿Por qué la víspera de Nochevieja le decía que en 2014 cambiaba de vida? ¿Por qué París? Pensó que Sara era demasiado mayor para seguir teniendo tantos pájaros en la cabeza, pero no se lo dijo.

Ella no se explicó más, sólo le pidió comprensión. Tenía que empezar una vida nueva, quería hacerlo, tenía que hacerlo. 

Lo que Fernando no supo jamás es que realmente Sara dejaba Madrid por amor. Manuel se había ido allí hacía seis meses y hablaba maravillas de la ciudad. Y Sara también quería, ella le quería. 

¿Por qué no iba a ser 2014 su año? ¿Por qué debería pensar en lo que pudo haber sido y no fue por culpa del miedo? 

Ella no era así. París era el destino.

@Saralacalle

viernes, 6 de diciembre de 2013

Renovación de contrato

Como cada 6 de diciembre, Sara se despertó ilusionada, era festivo y tocaba renovar su contrato, no el laboral, el sentimental. Cada año, siempre en esta fecha, Javier y ella volvían al aeropuerto donde se conocieron y revivían aquella escena de hace ya más de doce años.

Ella, con una maleta demasiado pesada para un cuerpo tan pequeño. Él, con una mochila, esperaba detrás para pedir un café. 

Sara, que nunca había sido demasiado hábil, cargaba con el bolso, la bandeja y la maleta y acabó derramando todo el café en la espalda de él, justo cuando iba a dejar la barra para sentarse en una mesa tranquilamente mientras esperaba su avión.

Él, lejos de enfadarse, sonrió y se prestó a ayudar. Un gesto que acabó con dos cafés más en la mesa y una larga conversación.

Ella, ni corta ni perezosa, le preguntó si cuando volviese de su viaje le invitaría a cenar. Él preguntó porqué debería hacerlo. Ella cogió una servilleta de papel, sacó un boli y empezó a enumerar distintas razones: porque no pararás de sonreir en toda la noche, porque puedo seguir una conversación de casi cualquier tema, porque te llevaré al mejor mirador de Madrid... Y así hasta llegar a diez. Diez razones por las que él debería dejarse engatusar por esa loca patosa que acababa de conocer. 

Aceptó. No tenía nada que perder.


Y ahora, doce años, una hipoteca y un hijo después, siempre vuelven allí y renuevan sus razones.

Sara siempre pone la primera de la lista la de hacerle sonreir todos los días. Cosa que él afirma que hasta hoy ha cumplido. 

Cosa que si no pasa hará que todo se acabe.

@Saralacalle


Ay, Sara... ¿Y ahora qué?

Sara se metió en la cama y empezó a dar vueltas de un lado para otro, no debía haberse tomado el último café de la tarde. Hoy se había pasado con la cafeína y ahora le tocaba pagarlo.

Se puso a pensar en todo y en nada, en cómo habían cambiado las cosas, en lo rápido que iba todo, en lo mucho que asustaba...

¿En qué momento se mezclaron sus tangas de encaje con los calzoncillos de cuadros? ¿Por qué entre sus vestidos de fiesta había camisas de traje? ¿Cómo habían llegado unas zapatillas de deporte hasta la ventana de su baño? Es más, ¿por qué cada vez tenía menos espacio en el armario? 

Ay, Sara, ¿cómo has llegado hasta aquí? Tú que no querías cortinas y ahora tienes hasta visillos, a ti que no te gusta el pescado y tienes un bacalao en agua en la cocina para prepararlo mañana, tú que no hacías deporte y te has comprado una equipación a juego con la suya para salir a correr los domingos...

Ay, Sara, ¿y ahora qué? 

@Saralacalle