lunes, 15 de abril de 2013

Un lunes cualquiera

Sara odia los lunes, eso es un hecho. Los domingos le cuesta mucho dormirse y el despertador al día siguiente no da tregua.

Hoy, al llegar a la redacción, ha mirado la agenda y se ha deprimido aún más. Un par de ruedas de prensa con poca chicha y un manido reportaje sobre "Los cuidados para el verano". Un sopor de día.

Poco a poco, café en mano, se ha ido metiendo en la espiral de teletipos y titulares. Así ha pasado la mañana.

Cuando ha querido darse cuenta, era la hora de la comida. Ha mirado el móvil asombrada, no había tenido noticias de Juan en todo el día. Se había malacostumbrado, siempre le sacaba una sonrisa a media mañana y hoy lo echaba de menos. Miró su última hora de conexión: 7:45h. Estará teniendo un día duro, pensó.

La tarde no tuvo nada de relevante, todo fue según lo previsto, algo nada habitual en un periódico. Por suerte, el cierre fue fácil y antes de las 21.00h estaba en casa. Se puso las mallas y se fue a correr para despejarse un rato. No aguantó más de media hora.

Llegó de nuevo a casa y corrió a la nevera a por algo frío y, de repente, lo vio. 

                                         

Estaba ahí. Firme. Rosa. Con dos interrogantes y dos palabras que la dejaron petrificada. "¿¿Nos casamos??".

Ella que siempre le dejaba notas a su chico y le reprochaba que no le hiciesen ilusión, se veía sorprendida con una nota así. Sabía que no era una broma. Juan no era así. Él era claro y directo.

Moraleja: un día normal puede convertirse en el punto de inflexión de tu vida.

@Saralacalle


viernes, 12 de abril de 2013

De los que abren la nevera

Como cada viernes, Sara aprovechó su jornada reducida y al salir de trabajar, a eso de las cinco de la tarde, fue a casa de sus padres solo para ver a su madre y tomarse un café con ella sin tener que mirar el reloj.

Llegó y a Isabel se le iluminó la cara.

- Venga, que te estaba esperando.

- Mamá, tengo que contarte una cosa.

Su madre enmudeció.

- Tengo "un" novio, dijo entre risas.

El suspiro de su madre se oyó en toda la casa.


- ¿Otra vez, Sara? ¿Otra vez?

- Si mamá, este es el bueno, el de verdad.

Isabel se reía. En los últimos tres años, había escuchado la misma historia unas quince veces. Siempre era igual. Sara venía emocionada, le contaba que tenía "un" novio, que era el elegido y que seguro que se iban a casar.

En ese momento, Sara echó dos cucharadas de azúcar en el café y empezó a hablar a borbotones. Le contó a su madre que le había conocido en el trabajo, que era tres años mayor que ella, del norte, alto y guapo, como a ella le gustaban.

- Y no solo eso, mamá, es de lo que abren la nevera.

- ¿Qué?

- Sí, mamá, la teoría que te cuento siempre. Él, cuando viene a casa, si le apetece una cerveza se levanta del sofá y la coge, no me pide permiso. Tiene confianza, se siente agusto, se siente en casa. Es el elegido.

Su madre se rió a carcajadas.

No podía ser, otra vez la misma historia de siempre.

@Saralacalle

viernes, 29 de marzo de 2013

Por amor a las torrijas

- Oye mamá, ¿por qué ya no os queréis?

- ¿Por qué dices eso, cariño?

Pablo, de tan solo siete años, estaba sentado en la encimera de la cocina mientras su madre preparaba torrijas. Se divertían mucho cocinando juntos, era uno de esos placeres baratos que a Sara le encantaban.

- Pablo, papá y yo nos queremos mucho, y siempre nos vamos a querer.

- ¿Entonces por qué no duerme aquí?

Sara enmudeció y se le llenaron los ojos de lágrimas. ¿Qué podía decir? Edu y ella estaban en paro, él desde hacía casi un año, ella desde hace dos. Al principio pensaron que sería algo pasajero, pero poco a poco esta situación les empezó a pasar factura. Todo eran discusiones y malas caras. Un día tras otro. No había ni una sola alegría en casa, solo la risa de Pablo que vivía ajeno a la situación económica de sus padres. Su risa solo se apagó cuando supo que tenían que mudarse y dejar el chalet para vivir en un piso mucho más pequeño en las afueras de Madrid. Lloró durante días cuando pensó en su columpio. En su casa nueva ya no había ni jardín. El cambio de colegio no le importaba, su columpio sí. Todo esto hizo que un día Edu y Sara decidieran que ya no había amor, no como el de antes.

Se recompuso como pudo y sacó una sonrisa.

- ¿Quieres que llamemos a papá y le invitemos a merendar torrijas con nosotros?

La cara de Pablo fue un poema. Dejó de arrugar la nariz y se dibujó en su cara una sonrisa de oreja a oreja.

Saltó de la encimera y fue corriendo a por el móvil de su mamá.

- Corre, mami, llámale, llámale.

Sara sonreía sin poder evitarlo. Ella también le echaba mucho de menos.

Marcó su número. Lo tenía en la agenda pero a ella le gustaba marcar número a número. Era el único teléfono que se sabía de memoria.

Un tono al otro lado del teléfono. Dos. Tres... A Sara le sudaban las manos. Pablo miraba a su madre con esos ojos de ilusión que solo se podían comparar con los de la mañana del Día de Reyes.

- Hola, Sara.

- Edu, ¿qué tal? Pablo y yo estamos haciendo torrijas y queríamos invitarte a merendar con nosotros. ¿Te apetece?

- ¿Lo dudas? En media hora estoy allí, y colgó el teléfono.

Edu sonrió. Odiaba las torrijas.

- Cariño, corre, ayúdame a poner la mesa que papá está al venir.

@Saralacalle

sábado, 23 de marzo de 2013

La hora del Planeta

Quedamos a las 20,30h, dijo Sara decidida.

Él no replicó. Llegó a su casa sabiendo que le tocaría ver una película de esas que le gustaban a ella y comer palomitas. Luego llamarían a un chino y hablarían de la fugacidad de la vida.

Iban por el pasillo y ella frenó en seco.

- Ay, es la hora del planeta, dijo. Apaga la luz.


No la necesitaron. Se les hizo de día en la cama.

@Saralacalle

viernes, 22 de marzo de 2013

Deja volar mi imaginación...

Se llama Sara y ya tiene alguno más de veinte, tampoco muchos. Siempre quiso ser periodista, bueno, no siempre, cuando rondaba la decena quería ser "como la Pantoja", farandulera que es ella, como su madre. No la conozco demasiado, solo la he visto un par de veces por el barrio.

Ahora está ahí, sentada, mientras yo la observo en silencio. Está en un parque de Asturias, o quizá es Barcelona, ya no lo sé. Eso da igual. Está escribiendo a su jefe, acaba de cambiarle el turno de guardia y ha deshecho de un plumazo sus planes para el próximo fin de semana.
Ah, no, perdón, acaba de escribir a su chico, lleva más de quince minutos esperando y no da señales de vida. Odia esperar.
Bueno, por su gesto arrugado, igual está escribiendo a su hermano porque no se ha acordado de llamarla y felicitarla el día de su cumpleaños.

No lo sé. Su cara es un poema.

De repente, sin hacer mucho ruido, me acerco un poco más a ella. ¿Dónde están sus zapatos? ¿Ha llegado descalza hasta allí? ¿Los ha guardado en su mochila? ¿Los ha metido debajo de su manta verde?




No lo sé. No sé responder a todas esas preguntas. Prefiero imaginarme la historia yo sola. ¿Qué quiero ver en esa Sara escribiendo en soledad en un teléfono en medio de un parque? Ah, ya sé, hoy he tenido un mal día y quiero acabarlo imaginando una historia bonita.

Veamos...

Sara ha salido de la universidad, está cursando el último curso de periodismo. A ella le encanta viajar, pero la crisis está instalada, también, en su bolsillo. Aún así, después de un par de meses trabajando como camarera en un bar del barrio, ha conseguido ahorrar y ha reservado un fin de semana para dos personas en Sevilla. Ni ella ni su chico han estado nunca y siempre han soñado con hacer ese viaje juntos.

Por fin, Sergio baja las escaleras y la ve ahí sentada, escribiendo, descalza, como siempre. Se acerca hasta ella y la besa. Se sienta en la manta verde que Sara siempre lleva en el maletero del coche y empiezan a contarse entre risas y caricias, cómo les ha ido el día. Él se queja, trabaja en una mensajería venida a menos por pocos euros a cambio de muchas horas.

- Oye, cariño, tengo que mandar un sobre a Sevilla.

- ¿A Sevilla?

Ella abre la mochila que tiene a su derecha y le pasa un sobre donde están las reservas del AVE y del hotel. Él no puede ocultar la sonrisa. Se abalanza sobre ella y empieza a besarla.

[...]

Sí, me quedo con esa historia. Eso es lo que quiero creer. Eso es lo que quiero ver en esa Sara al verla ahí sentada. ¿Por qué? Porque no la conozco. Porque las imágenes son subjetivas. Igual que los textos. Y yo, lo único que les pido a ambas cosas, es que me dejen volar la imaginación, que me hagan soñar, que para eso están ahí. Que bastantes 'verdades' y 'mentiras' tengo ya que ver a lo largo del día.

@Saralacalle


domingo, 17 de marzo de 2013

Entrevista a oscuras

Había esperado este Congreso de Periodismo durante meses y cuando por fin supo que iría, el gusanillo se instaló en su estómago.

El lunes de esa semana, ya estaba nerviosa. Solo quería que llegase el miércoles. Todo pensamiento, teniendo o sin tener que ver, acababa siendo para el congreso. Qué nervios. Qué ganas.

Llegó el día. Todo listo. Armas preparadas.

Miércoles noche. Llegó al hotel reventada. Cenó y se tomó unas copas con sus compañeros. No había peligro a la vista. Se fue a dormir pronto. El jueves iba a ser duro. Y así fue.

Al llegar al congreso y recoger la acreditación, el gusanillo se había convertido en nudo, de los que oprimen, de los que no dejan respirar. Miró a su alrededor y puso cara a algunos conocidos. No le apetecía demasiado saludar, se quitó las gafas y se ahorró el seguir encontrando rostros amigos. Si se acercaban y preguntaban porqué no había saludado, ella alegaría no llevar las gafas. Lo hacía siempre.

Se encaminó hacia el auditorio en el que tenían lugar las ponencias, preparó el ordenador y sacó sus notas, quería aprovechar el tiempo y dejar lista su entrevista de la tarde. Era la más importante de su vida, de ahí la ilusión por el congreso.

Pasó el día entre ponencias, emails y cafés con sus compañeros, periodismo puro y duro. 

A la hora de la comida, decidió disfrutar del momento y olvidarse por un instante del trabajo. Se relajó y se tomó un par de copas de vino mientras hablaba con unos y con otros.

Al rato, la pregunta más típica del mundo hizo que todo cambiase.

- ¿Sabéis dónde está el baño?

Alguien se lo explicó y ella se encaminó decidida hasta allí.

Al salir, cargada con el bolso, el ordenador y mil cosas más, sin darse cuenta, se chocó con alguien.

- Perdona, no te he visto, he salido corriendo, dijo mientras miraba al suelo por si se le había caído algo.

- ¿Sara?

- ¿Alex?

Esquemas al suelo. Recuerdos al vuelo.

No supieron reaccionar. No supieron qué decir. Esto no estaba en el guión. Ella no se lo podía creer, el día más importante de su vida laboral, tenía que aparecer él, el hombre más importante de su vida personal.

- Alex, perdóname, tengo mucha prisa, tengo una entrevista en menos de media hora.

- Pero Sara...

No le dio tiempo a acabar la frase. Ella se había marchado corriendo y no sabía muy bien por cuál de las puertas había entrado.

Pasó el día. No volvió a verla más. Buscó su blusa de lunares pero fue inútil. Nadie la había visto.



Pensó cómo localizarla. No tenía nada. Ni un email, ni un teléfono, nada. Ella lo dejó claro cuando se rompió su relación: "se acabó, esto y todo".

Tuvo una idea. Ella era muy "tuitera" y supo que así la localizaría.

Pensó. Tenía 140 caracteres como jugada. No podía perder esta baza.

#Congresohuesca Quiero entrevistar a la periodista de los lunares que olvida las gafas. Yo pago el café.

Se lanzó.

Ella, de repente, lo leyó en la pantalla. No pudo disimular la sonrisa.

Contestó.

#CongresoHuesca Siempre y cuando todo sea "off the record"* acepto. Olvidaré la ropa también.

Y aquí está. Desnuda en cuerpo y alma para él. Él ya no pregunta. Afirma. La conoce bien. A ella y a su cuerpo.

@Saralacalle

* Off the record: Aspecto de una entrevista o conversación que no debe hacerse público. 

Mudarse a la luna II

- Vámonos a casa, Nacho, dijo Sara entre sollozos.

Él no entendía nada. ¿Qué le pasaba? Sara nunca lloraba, y mucho menos delante de él.

Se montaron en el coche y permanecieron en silencio durante todo el trayecto. Ella intentando reprimir las lágrimas. Él con mil preguntas sin respuesta en la cabeza.

Al llegar a casa, se bajaron del coche y entraron en el portal. Una vez dentro del ascensor, ella se abalanzó sobre él y le besó con una ternura y un romanticismo sorprendentes, hecho que terminó de descolocar a Nacho. Sara era todo lo contrario a lo que estaba viendo  esta noche.

Esta vez no fue como las anteriores. No se desnudaron en mitad del pasillo. No lo hicieron en la cocina. No lo hicieron en el baño.

Esta vez fue distinto. Esta vez ella puso velas y marcó el ritmo. Suave. Lento. Seductor.

Inusual.

Cuando terminaron, él la miró y sonrió. Esta no era la Sara que él conocía, pero le había gustado. Tenía que reconocerlo.



De repente, sin saber cómo, se rompió el momento.

- Oye, hoy no me puedo quedar a dormir.

- ¿Cómo? Ya sabes cuáles son las condiciones de esta historia.

- A veces las cosas no salen como uno quiere.

- Nacho, joder, habérmelo dicho antes. Yo por un "rato" no me la juego. Además, tenemos que aprovechar, me voy a vivir con Borja y dejo este piso, soltó sin pensarlo.

- ¿Qué? ¿Estás bromeando, verdad?

- No.

-  Pero ...  ¿Cuánto tiempo lleváis juntos?

- ¿Qué importa eso?

Él la miró altivo, se levantó y comenzó a vestirse. Ella también, se puso unas mallas y una camiseta. Se recogió el pelo.

Él se encendió un cigarro mientras ella se preparaba un vaso de leche. Ambos se sentaron en el sofá y, de nuevo, se quedaron callados.

Él terminó el cigarro y se encaminó hacia el pasillo. Ella se levantó detrás. Él paró de repente.

- Se me va a hacer raro no volver aquí, son tantos años...

Ella sonrió. Sabía que para ella también iba a ser duro. Al dejar esta casa, irremediablemente, le dejaba a él.

Llegaron a la puerta y ella se puso de puntillas, siempre le había gustado abrazarle así, era tan alto...

Ese fue su último instante. Aspiró su olor y no se atrevió a decir nada más.

Cerró la puerta. Ese era el precio de la luna.

Corrió al teléfono.

- Hola mi amor, ¿has llegado a casa ya? Oye, he estado pensando que podíamos ir mañana a pagar la fianza del piso de la Luna.

- Estupendo, Sara, contestó él sorprendido.

@Saralacalle