- 117. Apúntalo, corre, dijo antes de que la bateria de su móvil decidiese dejar de funcionar.
Otra vez igual. Sara estaba harta de estas historias. ¿Qué significaba ese número?
Emilio era así, era la persona más impredecible del mundo, igual le regalaba un paseo en globo, como la llevaba a unos baños árabes o la recogía en el trabajo con la maleta hecha y sin destino en mente. Él era así, alérgico a la rutina.
Sara, metida de llena en el atasco de la M30 típico de primera hora de la mañana, no paraba de darle vueltas a ese número. ¿Qué sería? Solo se le ocurrían tres cosas: el número de una habitación de hotel, una dirección o una fecha encubierta.
Fue descartando opciones una a una. Primero llamó a un hotel del centro de Madrid al que solían ir cuando el bolsillo lo permitía. Preguntó si había una reserva esa noche a nombre de alguno de los dos. Dijeron que no. Se decepcionó un poco, le apetecía un plan así.
Después, en un semáforo, buscó la dirección de su restaurante favorito y resultó estar situado en la Calle Dámaso Herrero, número 35. Nada de 117. De nuevo una desilusión.
Probó suerte combinando fechas. 1/1/7 no le sonaba a nada. 11/7. ¿Habría preparado algo para el mes de julio?
- Ay, Emi, qué difícil me lo pones a veces, pensó en voz alta.
Media hora más tarde y con la hora pegada, llegó a trabajar y se olvidó del número. Las cosas no estaban como para permitirse el lujo de andar divagando con combinaciones de dígitos.
El día pasó y a ella los únicos números que le preocupaban eran los del presupuesto, que por cuarto mes consecutivo no cuadraban.
Salió de la oficina, se montó en el coche y puso la radio. Cogió una noticia al vuelo: "Parece que el tiempo va a acompañar en el primer fin de semana de la Feria del Libro".
- Idiota, Sara, eres una idiota, se recriminó.
Eso es lo que él quería decir. Cambió su trayecto y tomó rumbo al Retiro, conocía el camino a la perfección. Ellos se habían conocido allí hacía cuatro años y solían ir a menudo.
Una vez dentro, corrió hasta la caseta 117 esperando encontrar una pista, algo.
Llegó y estaba abarrotada, un autor famoso estaba firmando su novela y ella empezó a ponerse nerviosa. ¿Qué puñetas hacía allí? ¿Se estaba volviendo loca?
- ¿Sara? ¿Eres Sara Lacalle?
Se dio la vuelta temerosa. No conocía esa voz y, en efecto, no conocía a ese chico con perilla que la miraba con ojos espectantes.
- Sí, dijo titubeante.
@Saralacalle