viernes, 7 de junio de 2013

Haciendo números


- 117. Apúntalo, corre, dijo antes de que la bateria de su móvil decidiese dejar de funcionar.

Otra vez igual. Sara estaba harta de estas historias. ¿Qué significaba ese número?

Emilio era así, era la persona más impredecible del mundo, igual le regalaba un paseo en globo, como la llevaba a unos baños árabes o la recogía en el trabajo con la maleta hecha y sin destino en mente. Él era así, alérgico a la rutina.

Sara, metida de llena en el atasco de la M30 típico de primera hora de la mañana, no paraba de darle vueltas a ese número. ¿Qué sería? Solo se le ocurrían tres cosas: el número de una habitación de hotel, una dirección o una fecha encubierta.


Fue descartando opciones una a una. Primero llamó a un hotel del centro de Madrid al que solían ir cuando el bolsillo lo permitía. Preguntó si había una reserva esa noche a nombre de alguno de los dos. Dijeron que no. Se decepcionó un poco, le apetecía un plan así.
Después, en un semáforo, buscó la dirección de su restaurante favorito y resultó estar situado en la Calle Dámaso Herrero, número 35. Nada de 117. De nuevo una desilusión.
Probó suerte combinando fechas. 1/1/7 no le sonaba a nada. 11/7. ¿Habría preparado algo para el mes de julio?

- Ay, Emi, qué difícil me lo pones a veces, pensó en voz alta.

Media hora más tarde y con la hora pegada, llegó a trabajar y se olvidó del número. Las cosas no estaban como para permitirse el lujo de andar divagando con combinaciones de dígitos.

El día pasó y a ella los únicos números que le preocupaban eran los del presupuesto, que por cuarto mes consecutivo no cuadraban.

Salió de la oficina, se montó en el coche y puso la radio. Cogió una noticia al vuelo: "Parece que el tiempo va a acompañar en el primer fin de semana de la Feria del Libro".

- Idiota, Sara, eres una idiota, se recriminó.

Eso es lo que él quería decir. Cambió su trayecto y tomó rumbo al Retiro, conocía el camino a la perfección. Ellos se habían conocido allí hacía cuatro años y solían ir a menudo. 

Una vez dentro, corrió hasta la caseta 117 esperando encontrar una pista, algo.

Llegó y estaba abarrotada, un autor famoso estaba firmando su novela y ella empezó a ponerse nerviosa. ¿Qué puñetas hacía allí? ¿Se estaba volviendo loca?

- ¿Sara? ¿Eres Sara Lacalle?

Se dio la vuelta temerosa. No conocía esa voz y, en efecto, no conocía a ese chico con perilla que la miraba con ojos espectantes.

- Sí, dijo titubeante.

- Tengo esto para ti...




@Saralacalle

jueves, 2 de mayo de 2013

¿Y a ti cómo te titulo?

Hay periodistas que antes de ponerse a escribir la noticia escriben el titular y a partir de ahí desarrollan el resto del texto. Otros lo hacen al revés, escriben toda la historia y luego titulan. Sara era de los del segundo grupo, anoche volvió a corroborarlo.

Se metió en la cama y empezó a pensar en Fernando, reescribiendo su historia mentalmente.

Recordó cómo se habían conocido y cómo a ella le había gustado desde el primer momento. Sonrió al pensar en los coloretes que le salían cuando le decía algún piropo. No pudo evitar arrugar el entrecejo pensando en la primera vez que se enfadaron, pero ese pensamiento dio paso de inmediato a una carcajada recordando la primera vez que se emborracharon juntos.

Así fue "sumando caras"; la de la primera vez que le dio un beso en público, la de la primera vez que le llamó Fer y acortó su nombre para siempre, la de la sonrisa que no pudo esconder al verla bailar solo con una toalla en el pasillo...

Y Sara se paró a pensar de nuevo. Hacía más de seis meses que había empezado esta historia y no sabía titularla. Entonces recordó a su profesora de redacción diciéndole:  "Sara, busca las tres partes de la historia y ahí obtendrás el titular". 

¿Antecedentes? Sara le dijo que si era verdad que el 21 de Diciembre se iba a acabar el mundo, tenía que besarle antes.

¿Nudo? No fue un beso. Bueno, la primera noche sí, solo uno al despedirse, pero después de esa despedida vinieron muchas citas más.

¿Desenlace? Están tan felices que siguen en el nudo, desnudos, sin fin del mundo.




Sara se reía. Era imposible titular eso. 

@Saralacalle


lunes, 15 de abril de 2013

Un lunes cualquiera

Sara odia los lunes, eso es un hecho. Los domingos le cuesta mucho dormirse y el despertador al día siguiente no da tregua.

Hoy, al llegar a la redacción, ha mirado la agenda y se ha deprimido aún más. Un par de ruedas de prensa con poca chicha y un manido reportaje sobre "Los cuidados para el verano". Un sopor de día.

Poco a poco, café en mano, se ha ido metiendo en la espiral de teletipos y titulares. Así ha pasado la mañana.

Cuando ha querido darse cuenta, era la hora de la comida. Ha mirado el móvil asombrada, no había tenido noticias de Juan en todo el día. Se había malacostumbrado, siempre le sacaba una sonrisa a media mañana y hoy lo echaba de menos. Miró su última hora de conexión: 7:45h. Estará teniendo un día duro, pensó.

La tarde no tuvo nada de relevante, todo fue según lo previsto, algo nada habitual en un periódico. Por suerte, el cierre fue fácil y antes de las 21.00h estaba en casa. Se puso las mallas y se fue a correr para despejarse un rato. No aguantó más de media hora.

Llegó de nuevo a casa y corrió a la nevera a por algo frío y, de repente, lo vio. 

                                         

Estaba ahí. Firme. Rosa. Con dos interrogantes y dos palabras que la dejaron petrificada. "¿¿Nos casamos??".

Ella que siempre le dejaba notas a su chico y le reprochaba que no le hiciesen ilusión, se veía sorprendida con una nota así. Sabía que no era una broma. Juan no era así. Él era claro y directo.

Moraleja: un día normal puede convertirse en el punto de inflexión de tu vida.

@Saralacalle


viernes, 12 de abril de 2013

De los que abren la nevera

Como cada viernes, Sara aprovechó su jornada reducida y al salir de trabajar, a eso de las cinco de la tarde, fue a casa de sus padres solo para ver a su madre y tomarse un café con ella sin tener que mirar el reloj.

Llegó y a Isabel se le iluminó la cara.

- Venga, que te estaba esperando.

- Mamá, tengo que contarte una cosa.

Su madre enmudeció.

- Tengo "un" novio, dijo entre risas.

El suspiro de su madre se oyó en toda la casa.


- ¿Otra vez, Sara? ¿Otra vez?

- Si mamá, este es el bueno, el de verdad.

Isabel se reía. En los últimos tres años, había escuchado la misma historia unas quince veces. Siempre era igual. Sara venía emocionada, le contaba que tenía "un" novio, que era el elegido y que seguro que se iban a casar.

En ese momento, Sara echó dos cucharadas de azúcar en el café y empezó a hablar a borbotones. Le contó a su madre que le había conocido en el trabajo, que era tres años mayor que ella, del norte, alto y guapo, como a ella le gustaban.

- Y no solo eso, mamá, es de lo que abren la nevera.

- ¿Qué?

- Sí, mamá, la teoría que te cuento siempre. Él, cuando viene a casa, si le apetece una cerveza se levanta del sofá y la coge, no me pide permiso. Tiene confianza, se siente agusto, se siente en casa. Es el elegido.

Su madre se rió a carcajadas.

No podía ser, otra vez la misma historia de siempre.

@Saralacalle

viernes, 29 de marzo de 2013

Por amor a las torrijas

- Oye mamá, ¿por qué ya no os queréis?

- ¿Por qué dices eso, cariño?

Pablo, de tan solo siete años, estaba sentado en la encimera de la cocina mientras su madre preparaba torrijas. Se divertían mucho cocinando juntos, era uno de esos placeres baratos que a Sara le encantaban.

- Pablo, papá y yo nos queremos mucho, y siempre nos vamos a querer.

- ¿Entonces por qué no duerme aquí?

Sara enmudeció y se le llenaron los ojos de lágrimas. ¿Qué podía decir? Edu y ella estaban en paro, él desde hacía casi un año, ella desde hace dos. Al principio pensaron que sería algo pasajero, pero poco a poco esta situación les empezó a pasar factura. Todo eran discusiones y malas caras. Un día tras otro. No había ni una sola alegría en casa, solo la risa de Pablo que vivía ajeno a la situación económica de sus padres. Su risa solo se apagó cuando supo que tenían que mudarse y dejar el chalet para vivir en un piso mucho más pequeño en las afueras de Madrid. Lloró durante días cuando pensó en su columpio. En su casa nueva ya no había ni jardín. El cambio de colegio no le importaba, su columpio sí. Todo esto hizo que un día Edu y Sara decidieran que ya no había amor, no como el de antes.

Se recompuso como pudo y sacó una sonrisa.

- ¿Quieres que llamemos a papá y le invitemos a merendar torrijas con nosotros?

La cara de Pablo fue un poema. Dejó de arrugar la nariz y se dibujó en su cara una sonrisa de oreja a oreja.

Saltó de la encimera y fue corriendo a por el móvil de su mamá.

- Corre, mami, llámale, llámale.

Sara sonreía sin poder evitarlo. Ella también le echaba mucho de menos.

Marcó su número. Lo tenía en la agenda pero a ella le gustaba marcar número a número. Era el único teléfono que se sabía de memoria.

Un tono al otro lado del teléfono. Dos. Tres... A Sara le sudaban las manos. Pablo miraba a su madre con esos ojos de ilusión que solo se podían comparar con los de la mañana del Día de Reyes.

- Hola, Sara.

- Edu, ¿qué tal? Pablo y yo estamos haciendo torrijas y queríamos invitarte a merendar con nosotros. ¿Te apetece?

- ¿Lo dudas? En media hora estoy allí, y colgó el teléfono.

Edu sonrió. Odiaba las torrijas.

- Cariño, corre, ayúdame a poner la mesa que papá está al venir.

@Saralacalle

sábado, 23 de marzo de 2013

La hora del Planeta

Quedamos a las 20,30h, dijo Sara decidida.

Él no replicó. Llegó a su casa sabiendo que le tocaría ver una película de esas que le gustaban a ella y comer palomitas. Luego llamarían a un chino y hablarían de la fugacidad de la vida.

Iban por el pasillo y ella frenó en seco.

- Ay, es la hora del planeta, dijo. Apaga la luz.


No la necesitaron. Se les hizo de día en la cama.

@Saralacalle

viernes, 22 de marzo de 2013

Deja volar mi imaginación...

Se llama Sara y ya tiene alguno más de veinte, tampoco muchos. Siempre quiso ser periodista, bueno, no siempre, cuando rondaba la decena quería ser "como la Pantoja", farandulera que es ella, como su madre. No la conozco demasiado, solo la he visto un par de veces por el barrio.

Ahora está ahí, sentada, mientras yo la observo en silencio. Está en un parque de Asturias, o quizá es Barcelona, ya no lo sé. Eso da igual. Está escribiendo a su jefe, acaba de cambiarle el turno de guardia y ha deshecho de un plumazo sus planes para el próximo fin de semana.
Ah, no, perdón, acaba de escribir a su chico, lleva más de quince minutos esperando y no da señales de vida. Odia esperar.
Bueno, por su gesto arrugado, igual está escribiendo a su hermano porque no se ha acordado de llamarla y felicitarla el día de su cumpleaños.

No lo sé. Su cara es un poema.

De repente, sin hacer mucho ruido, me acerco un poco más a ella. ¿Dónde están sus zapatos? ¿Ha llegado descalza hasta allí? ¿Los ha guardado en su mochila? ¿Los ha metido debajo de su manta verde?




No lo sé. No sé responder a todas esas preguntas. Prefiero imaginarme la historia yo sola. ¿Qué quiero ver en esa Sara escribiendo en soledad en un teléfono en medio de un parque? Ah, ya sé, hoy he tenido un mal día y quiero acabarlo imaginando una historia bonita.

Veamos...

Sara ha salido de la universidad, está cursando el último curso de periodismo. A ella le encanta viajar, pero la crisis está instalada, también, en su bolsillo. Aún así, después de un par de meses trabajando como camarera en un bar del barrio, ha conseguido ahorrar y ha reservado un fin de semana para dos personas en Sevilla. Ni ella ni su chico han estado nunca y siempre han soñado con hacer ese viaje juntos.

Por fin, Sergio baja las escaleras y la ve ahí sentada, escribiendo, descalza, como siempre. Se acerca hasta ella y la besa. Se sienta en la manta verde que Sara siempre lleva en el maletero del coche y empiezan a contarse entre risas y caricias, cómo les ha ido el día. Él se queja, trabaja en una mensajería venida a menos por pocos euros a cambio de muchas horas.

- Oye, cariño, tengo que mandar un sobre a Sevilla.

- ¿A Sevilla?

Ella abre la mochila que tiene a su derecha y le pasa un sobre donde están las reservas del AVE y del hotel. Él no puede ocultar la sonrisa. Se abalanza sobre ella y empieza a besarla.

[...]

Sí, me quedo con esa historia. Eso es lo que quiero creer. Eso es lo que quiero ver en esa Sara al verla ahí sentada. ¿Por qué? Porque no la conozco. Porque las imágenes son subjetivas. Igual que los textos. Y yo, lo único que les pido a ambas cosas, es que me dejen volar la imaginación, que me hagan soñar, que para eso están ahí. Que bastantes 'verdades' y 'mentiras' tengo ya que ver a lo largo del día.

@Saralacalle