- Sara, si tú tuvieses que dejar a un follamigo, ¿cómo lo harías?
- Yo le dejé al lado del cubo de la basura, respondí.
- ¿Cómo?
Aquí empieza nuestra historia.
Nosotros nos conocimos de la forma más bonita posible, la casualidad. Para no enrollarme con los detalles, solo diré que estaba en el lugar perfecto, en el momento preciso. Surgió.
Lo intentamos. Todo. Nuestro día a día era un face to face, de igual a igual.
No funcionó. Al salir de la cama se evaporaba la química. No quedaban ni los posos. Él me citó en la cafetería de siempre y me dijo eso de "te mereces algo mejor". ¿A quién no se lo han dicho alguna vez?
Al cabo del tiempo, más de un año, su nombre apareció en la pantalla del móvil. Un "hola, ¿qué tal? ¿Cómo te va la vida?". Y al colgar ya le había dado cita para tomar una copa en casa.
Le esperé como siempre, con lencería, velas encendidas y bebida fría. Al principio, nos sobraban nervios y nos faltaba tiempo.
Volvió a hacerse de día entre gemidos y gritos. Ducha y al trabajo.
Así, una noche todas las semanas. De nuevo el mismo juego, el mismo deseo concentrado en una noche.
Todo era perfecto. Todo menos el amanecer. Ahí empezaban las preguntas y los reproches.
Un día, de camino al trabajo, yo conducía y él me hizo una pregunta sorprendente. Me preguntó a qué me dedicaba ahora exactamente.
Puse el intermitente y paré en cuanto pude. Al lado de unos cubos de basura.
- ¿Qué haces, Sara? Vamos a llegar tarde.
- ¿De verdad no sabes en qué trabajo ahora?
- No Sara, conozco a tu cuerpo, no a ti.
Ahí se acabó.
@Saralacalle



