sábado, 26 de enero de 2013

Los cubos de basura

- Sara, si tú tuvieses que dejar a un follamigo, ¿cómo lo harías?

- Yo le dejé al lado del cubo de la basura, respondí.

- ¿Cómo?

Aquí empieza nuestra historia.

Nosotros nos conocimos de la forma más bonita posible, la casualidad. Para no enrollarme con los detalles, solo diré que estaba en el lugar perfecto, en el momento preciso. Surgió.

Lo intentamos. Todo. Nuestro día a día era un face to face, de igual a igual.

No funcionó. Al salir de la cama se evaporaba la química. No quedaban ni los posos. Él me citó en la cafetería de siempre y me dijo eso de "te mereces algo mejor". ¿A quién no se lo han dicho alguna vez?

Al cabo del tiempo, más de un año, su nombre apareció en la pantalla del móvil. Un "hola, ¿qué tal? ¿Cómo te va la vida?". Y al colgar ya le había dado cita para tomar una copa en casa.

Le esperé como siempre, con lencería, velas encendidas y bebida fría. Al principio, nos sobraban nervios y nos faltaba tiempo.

Volvió a hacerse de día entre gemidos y gritos. Ducha y al trabajo.

Así, una noche todas las semanas. De nuevo el mismo juego, el mismo deseo concentrado en una noche.

Todo era perfecto. Todo menos el amanecer. Ahí empezaban las preguntas y los reproches.

Un día, de camino al trabajo, yo conducía y él me hizo una pregunta sorprendente. Me preguntó a qué me dedicaba ahora exactamente.

Puse el intermitente y paré en cuanto pude. Al lado de unos cubos de basura.

- ¿Qué haces, Sara? Vamos a llegar tarde.

- ¿De verdad no sabes en qué trabajo ahora?

- No Sara, conozco a tu cuerpo, no a ti.

Ahí se acabó.

@Saralacalle

viernes, 25 de enero de 2013

Adiós a los propósitos

Hoy, 25 de Enero, ya queda lejos esa noche de Fin de Año en la que me propuse sacarte de mi vida.

Hoy, 25 días después, has tocado la puerta de mi casa, tapando la mirilla como solías hacer antaño. Yo, tonta, he abierto, te he visto y se me ha escapado la sonrisa.

Una sonrisa, un qué tal, una cremallera que se baja, un camisón que vuela.

Adiós a los propósitos de año nuevo.

Hoy, 25 de Enero, te escribo lo que no me atrevo a decirte cuando te tengo delante.

Hoy, 25 de Enero, te tacho de propósitos y te mudo a imposibles.

@Saralacalle

viernes, 14 de diciembre de 2012

Mi campaña de marketing

El otro día, con los nervios previos al lanzamiento de la campaña de Navidad, lo vi claro: quiero tener mi propia campaña de marketing.

Ayer se lo expliqué a un amigo tomando un café en la redacción.

Antonio, empecé, he llegado a un punto en el que quiero elegir el 'producto' yo, como cuando pensamos en lanzar una campaña aquí. ¿Qué supone eso? Dedicarle tiempo, ganas, interés... Saber que es el elegido después de haber pasado un proceso selección, con sus pros y sus contras, pero el elegido.

Una vez seleccionado el 'producto', toca pensar en la campaña de marketing. ¿Por dónde se empieza? ¿Qué quiero comunicar?¿Qué quiero transmitir?
Cuando te pones a pensar en este tipo de campañas, algo cambia, de repente empiezas a cuidar más todos los detalles, todo cobra un sentido especial. Lo que antes era insignificante pasa a ser especial. Son cosas pequeñas, bien puede ser un toque de rimel o unos zapatos nuevos, el caso es que, sin querer, todo se cuida y se valora más.


¿Y el lanzamiento? ¿Cuándo? Primero hay que pensar una fecha. El 'producto', obviamente, tiene que estar preparado y con toda su campaña preparada, probada y testada. Eso supone tomar decisiones importantes, noches sin dormir y nervios, sobre todo nervios.

Y aquí estoy, terminando de pintarme las uñas para el lanzamiento de esta noche y con ese cosquilleo en el estómago que solo entendemos los que nos dedicamos a esto del marketing.

@Saralacalle

PD: Los resultados, como en toda campaña, no solo dependen del producto, también de su campaña y de la duración de la misma...

viernes, 12 de octubre de 2012

Entre la multitud

Al terminar la carrera, él se fue a probar suerte al otro lado del charco. El periodismo en España pasaba, hace ya cinco años, por un mal momento. Ella, recién licenciada también, lloró en silencio su partida, sabiendo que podían haber sido mucho más que amigos. Lamentándose no haber arriesgado.

En la despedida, mientras le abrazaba, ella le prometió en silencio seguirle por todo el mundo. Él, sin palabras, se prometió cuidarla en la distancia.

Pasó el tiempo y ambos fueron creciendo, tanto a nivel personal como a nivel profesional. Nunca hablaron directamente durante esos años pero supieron el uno del otro por terceras personas. Se admiraban en la distancia.

Hace un par de meses, ella abrió el periódico y se sorprendió al verle firmando una crónica de las protestas de Madrid. Ella también había estado ahí. No le había visto y se sintió una idiota. ¿Habría vuelto?



Hoy, dos meses después, están sentados tomando un café en casa de ella, como si el tiempo no hubiese pasado, como si nunca hubiesen estado separados.

- ¿Puedo enseñarte algo?
- Claro.

Ella se levantó y fue a su habitación a por una caja. La abrió y se la enseñó.

Él la miraba asombrado. No daba crédito. Ahí estaban todas sus crónicas perfectamente recortadas y trabajadas. Con apuntes en sus márgenes. Con preguntas que ahora podía  hacerle.

Con preguntas que él respondería.

@Saralacalle

Estampas

Le quería tanto que le daba pereza casarse.


@Saralacalle

sábado, 6 de octubre de 2012

Reducción de la jornada matrimonial

Su sorpresa fue mayúscula al abrir el buzón y encontrarse con una notificación de Correos. No esperaba nada y mucho menos algo "urgente".

Cuando su marido llegó a casa pasada la media noche, ella se levantó de la cama y se fue al sofá a charlar un rato con él. Últimamente el horario del trabajo de su oficina era insoportable. Salía de casa antes de las siete de la mañana y volvía siempre pasada la media noche. No veía a los niños, excepto los fines de semana, y a su mujer solo un rato si ella no estaba demasiado cansada.

Él le contó que estaban cerrando un acuerdo muy importante con una empresa francesa y que la semana próxima tendría que viajar a la capital gala. Ella sintió una punzada en el pecho al oir eso. París fue la primera ciudad a la que viajaron juntos cuando eran solo unos adolescentes. Ella no dijo nada, solo le recordó que esa semana era el cumpleaños de su tercer y último hijo, cumplía dos años. Más que un comentario era un reproche, él lo supo y en seguida cambió de tema.

- Vamos a la cama, nena. Es muy tarde.

Ambos se levantaron, se lavaron los dientes juntos y se acostaron. Ella le dio la espalda y él acomodó la cabeza en su pelo, intentando quererla. Pasó suavemente una mano alrededor de su vientre y ella la quitó esquiva. Estaba decepcionada. Ese no era su marido. En algún momento, sin saber cómo ni porqué, sus hijos y ella habían pasado a un segundo plano en la vida de su marido. No le reconocía.

Por la mañana, cuando se despertó, él ya no estaba en la cama. No eran ni las siete. Ella se puso su careta de súpermamá, se arregló, preparó el desayuno de los niños y los llevó a sus respectivos colegios. Por suerte, eran solo unos niños y cuando preguntaban por  "papá" y ella decía que tenía mucho trabajo en la oficina, no le daban mayor importancia.

Miró el reloj, iba muy justa de tiempo para llegar a su trabajo pero tenía que ir a Correos a por la carta. Apresuró el paso y llego hasta la oficina. Por suerte cuando llegó no había nadie esperando. Ella entregó el certificado y le pidieron el DNI. Al abrir su cartera no pudo contener la sonrisa, de repente se topó con una foto tamaño miniatura de toda su familia, se la habían hecho el mes pasado para el carné de familia numerosa.

- Señora, su DNI, no tengo todo el día, le espetó un empleado malhumorado.

Se lo entregó y el le tendió la carta.

Tráfico. No daba crédito. Una multa. En sus más de diez años como conductora jamás había sido sancionada.

Abrió el sobre y efectivamente era su coche, su matrícula, la foto era inequívoca. Sin embargo, hubo algo que llamó su atención, en la foto se apreciaba perfectamente la parte trasera de su coche y se veía que el que conducía era su marido. No iba solo. Una coleta rubia se dejaba ver en el asiento del copiloto. Se puso sus gafas de sol y salió de allí reprimiendo el llanto.

Caminó unos cuantos metros y se sentó en el primer banco que encontró. Volvió a mirar la foto. Había sido tomada en la A2 dirección aeropuerto.

Comenzó a llorar desconsoladamente.

De repente, todo encajó. Esa coleta rubia era la culpable de la "reducción de jornada matrimonial".

@Saralacalle

lunes, 10 de septiembre de 2012

Este no es un domingo cualquiera.

Domingo de nuevo. Se apaga la semana. Se cierra el verano. Se vuelve a la rutina. No quiero. Él es mi rutina.

Hace algo más de un mes recibí una llamada que no olvidaré jamás. Era él. Estaba enfadado, hacía más de un mes que no hablábamos. Era la primera vez en seis años que se enfadaba conmigo. A medida que la conversación iba avanzando, volvió a ser el mismo de siempre. Mi amigo, mi confidente.

- Sara, tengo que decirte algo que no va a gustarte.

Temblé. Ya sabía lo que era. Era una noticia que tarde o temprano iba a llegar. Se va. Se muda. Fuera del país. Lloré. No me imaginaba despidiéndome de él otra vez. Ya lo había hecho una vez y sabía lo que suponía alejarse de él.

Colgué el teléfono y empecé a recordar nuestra relación.

Como ya he dicho, hace seis años que le conocí. Al principio no me fijé en él, sus casi dos metros de altura y su pelo largo, no iban para nada conmigo. Hasta que, un día cualquiera, empezamos a hablar y poco a poco fue surgiendo una amistad muy especial. Así pasó a ser una pieza fundamental de mi vida.

Él ha estado a mi lado cuatro años durante más de seis horas diarias, en lo bueno y en lo malo. Con su ingenio y sus frases, con sus abrazos y sus recursos, con su despite y sus detalles. Él es así, ese compañero de viaje que nunca te falla.

Ese que tan pronto te regala un nombre como una tecla, ese que te hace saber que está pensando en ti de la forma más ingeniosa posible. Ese que te invita a hacer locuras. Ese que te pide el café con dos azucarillos. Ese.

Hoy, domingo, sé que es su último domingo en España y que se rompe nuestra rutina. Sé que no habrá más buenos días, sé que no habrá más cafés a media mañana, sé que no habrá más abrazos bajo la lluvia. Lo que sí sé es que "la Merkel" tiene mucha suerte de recibirle. ¿Por qué? Porque no solo es grande de tamaño, es grande en sí. En todo. Es el triunfo hecho expresión.

@Saralacalle

Pd: Llegados a este punto diré que él me regaló este pseudónimo y me empujó a abrir este blog.