Se llama Sara y ya tiene alguno más de veinte, tampoco muchos. Siempre quiso ser periodista, bueno, no siempre, cuando rondaba la decena quería ser "como la Pantoja", farandulera que es ella, como su madre. No la conozco demasiado, solo la he visto un par de veces por el barrio.
Ahora está ahí, sentada, mientras yo la observo en silencio. Está en un parque de Asturias, o quizá es Barcelona, ya no lo sé. Eso da igual. Está escribiendo a su jefe, acaba de cambiarle el turno de guardia y ha deshecho de un plumazo sus planes para el próximo fin de semana.
Ah, no, perdón, acaba de escribir a su chico, lleva más de quince minutos esperando y no da señales de vida. Odia esperar.
Bueno, por su gesto arrugado, igual está escribiendo a su hermano porque no se ha acordado de llamarla y felicitarla el día de su cumpleaños.
No lo sé. Su cara es un poema.
Bueno, por su gesto arrugado, igual está escribiendo a su hermano porque no se ha acordado de llamarla y felicitarla el día de su cumpleaños.
No lo sé. Su cara es un poema.
De repente, sin hacer mucho ruido, me acerco un poco más a ella. ¿Dónde están sus zapatos? ¿Ha llegado descalza hasta allí? ¿Los ha guardado en su mochila? ¿Los ha metido debajo de su manta verde?

No lo sé. No sé responder a todas esas preguntas. Prefiero imaginarme la historia yo sola. ¿Qué quiero ver en esa Sara escribiendo en soledad en un teléfono en medio de un parque? Ah, ya sé, hoy he tenido un mal día y quiero acabarlo imaginando una historia bonita.
Veamos...
Sara ha salido de la universidad, está cursando el último curso de periodismo. A ella le encanta viajar, pero la crisis está instalada, también, en su bolsillo. Aún así, después de un par de meses trabajando como camarera en un bar del barrio, ha conseguido ahorrar y ha reservado un fin de semana para dos personas en Sevilla. Ni ella ni su chico han estado nunca y siempre han soñado con hacer ese viaje juntos.
Por fin, Sergio baja las escaleras y la ve ahí sentada, escribiendo, descalza, como siempre. Se acerca hasta ella y la besa. Se sienta en la manta verde que Sara siempre lleva en el maletero del coche y empiezan a contarse entre risas y caricias, cómo les ha ido el día. Él se queja, trabaja en una mensajería venida a menos por pocos euros a cambio de muchas horas.
- Oye, cariño, tengo que mandar un sobre a Sevilla.
- ¿A Sevilla?
Ella abre la mochila que tiene a su derecha y le pasa un sobre donde están las reservas del AVE y del hotel. Él no puede ocultar la sonrisa. Se abalanza sobre ella y empieza a besarla.
[...]
Sí, me quedo con esa historia. Eso es lo que quiero creer. Eso es lo que quiero ver en esa Sara al verla ahí sentada. ¿Por qué? Porque no la conozco. Porque las imágenes son subjetivas. Igual que los textos. Y yo, lo único que les pido a ambas cosas, es que me dejen volar la imaginación, que me hagan soñar, que para eso están ahí. Que bastantes 'verdades' y 'mentiras' tengo ya que ver a lo largo del día.
@Saralacalle
Señorita, sigo su blog desdehace años y esta ha sido la entrada que más me ha gustado. Estamos faltos de imaginación. Nos dejamos llevar por las primeras impresiones y juzgamos, sin ver más allá.
ResponderEliminarYo, si hubieses visto a esa chica, que no sé si es usted o no, y que tampoco quiero saberlo, me hubiese acercado a ella y le hubiese dicho que en un entorno así es un pecado perder el tiempo con el celular. También hubiese preguntado si estaba soltera. Jeje
No deje de escribir. Sus palabras son refugios.
Saludos desde el otro hemisferio del mundo.
Vaya, qué maravilla de reflexión. Ojalá hubiese más gente que pensase como usted.
ResponderEliminar¿Desde qué parte del hemisferio escribe? En esta parte, por desgracia, muchas veces vivimos de las apariencias.
No deje de visitarme.
Un beso.
S.
No tienes por qué imaginarte la historia tú sola. Las mejores novelas están escritas por y para dos.
ResponderEliminar9