Vestido ceñido azul eléctrico, medias de liga, peep toes a juego.
Se miró en el espejo y supo que nada podía salir mal. Era su primera cita después de una semana intentando cuadrar la agenda y, por fin, había llegado el día. Estaba nerviosa.
Fue al baño y se maquilló; solo rimmel y un poco de colorete, no quería pasarse.
Ya estaba lista. Repasó su bolso, lo tenía todo, preservativo incluido, por si la noche se daba bien. Pero justo cuando iba a salir, se miró en el espejo y vio la arruga que le hacia el vestido a la altura del tanga. Esos kilos de más del verano, le estaban dando más de un quebradero de cabeza y ahora se le notaban las chichas.
Empezó a comerse la cabeza. Miró el reloj y decidió que no iba a ponerse a pensar en otro modelito. Volvió a la habitación y decidió cambiarse la ropa interior. Abrió el cajón y las vio. Ahí estaban las "yayabragas". Esas bragas altas con una faja opresora que le hacían una cintura de avispa que no había tenido ni a los quince. No se lo pensó dos veces, se subió el vestido, se las pusó encima, se bajó el vestido y desfiló ante el espejo. Ahora sí, ya estaba lista.
Salió corriendo de casa y cogió un taxi. Llegó diez minutos tarde, lo justo para que él estuviese esperándola en un bar de copas de moda.
Nada más verla no paró de piropearla, incluso le cogió la mano y le hizo una reverencia. Estaba claro que era todo un gentleman.
Entraron en el sitio y, tres copas después, ella ya había decidido que no iba a dormir sola. El chico prometía y a ella le apetecía. Nada podía salir mal.
- Mierda, dijo en voz alta.
- ¿Estás bien? ¿Pasa algo?
- Sí, sí, vuelvo en seguida.
Corrió al baño y cuando llegó tenía una fila delante de más de seis féminas.
Cuando por fin fue su turno, se encerró corriendo y se maldijo por ser tan estúpida de no haberse planteado antes el tema de sus bragas. Se las quitó corriendo e intentó meterlas en el bolso. No iba a dejar que él las viese ni muerta.
Intentó cerrar el bolso y fue incapaz. Es lo que tienen los bolsos de noche, solo cabe el móvil, las llaves y, como mucho, un pintalabios.
No se lo pensó dos veces. Las dejó tiradas en el suelo y salió de allí corriendo, sintiéndose como Bridget Jones. Riéndose por dentro. Prometiéndose que jamás contaría esta historia a sus amigas.
Volvió a la barra, él bebía otra copa. Se acercó, le besó y le dijo al oído una serie de cosas que solo de recordarlo le hacen sonrojar.
@Saralacalle


Jajajajajajajaja. Esta es la Sara de verdad, la que cuenta las historias con tanta gracia... Me parto contigo, pequeña. No dejes de escribir.
ResponderEliminarBesos.
Todas son "Saras" de verdad. ;-))
EliminarQue sepas que desde Quevedo nos estamos riendo a saco, te imaginos perfectamente en esa escena...
ResponderEliminarQue os den. A los 3. Besis. ;-))
EliminarGenial!
ResponderEliminarBrillante relato, como de costumbre. ;-b
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